Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Por lo tanto, recuerden ustedes los gentiles de nacimiento —los que son llamados “incircuncisos” por aquellos que se llaman «de la circuncisión», la cual se hace en el cuerpo por mano humana—, recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo.

Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu.

Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios,  edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu». (Efesios 2, 11-22 -NVI®)

Antes de que naciera la iglesia y el mensaje del evangelio llegara a los gentiles, estos recibían toda clase de nombres, adjetivos o títulos que en su momento sonaban bien despectivos: incircuncisos, extranjeros, advenedizos y enemigos, entre otros. Aquí el principal asunto que hizo que hubiese separación entre unos y otros fue la circuncisión, porque de acuerdo a la revelación recibida, solo se tenía en cuenta la “hecha con mano en la carne” (2:11; ver 1 S. 17:26) y no la verdadera circuncisión que “es la del corazón, en espíritu” (Rom. 2:28-29; Fil. 3:3; Col. 2:11), la cual es revelada en Cristo (2:12-13).

Esta situación hacía que los gentiles se vieran en la condición de:

  • “Personas sin Cristo”, es decir, sin un Mesías salvador;
  • “Alejados de la ciudadanía de Israel”, extraños;
  • “Ajenos a los pactos de las promesas” implícitos en la circuncisión;
  • “Sin esperanza y sin Dios en el mundo”; es decir, sin un norte espiritual en la vida.

Ahora en Cristo y en contraste con la condición pasada, los gentiles deben considerarse y sentirse:

  • Verdaderamente circuncidados, de corazón y en espíritu;
  • “Hechos cercanos” a la ciudadanía del verdadero Israel “por la sangre de Cristo”;
  • “Un solo y nuevo hombre”; ni judío ni gentil; una nueva generación;
  • “Conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”;
  • “Templo santo” y edificación “para morada de Dios en el Espíritu”.

Jesucristo ha hecho que nuestra condición pasada haya cambiado totalmente y que ahora seamos personas de esperanza y con un norte espiritual seguro. El apóstol describe a Jesús con dos frases:

  • “Él es nuestra paz”; logró la reconciliación con Dios y entre gentiles y judíos;
  • Él es “la principal piedra de ángulo”, sobre la que nos edificamos para ser “morada de Dios en el Espíritu”.

Jesucristo lo ha hecho todo para establecer su reino sobre esta tierra; todo para construirnos un reino de paz; todo para hacer con todos nosotros (piedras vivas) un espacio y ambiente donde more Dios. Por gracia nos ha salvado por medio de la fe (2:8) y para que seamos ahora una nueva generación que ha roto con el pasado, para ser “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (2:19); de paganos a cristianos; de extranjeros a ciudadanos; de enemigos en guerra a amigos en paz y Jesucristo es el Rey de paz.

Feliz día y bendiciones para todos.