Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Tú, Señor, tratas bien a tu siervo, conforme a tu palabra. Impárteme conocimiento y buen juicio, pues yo creo en tus mandamientos. Antes de sufrir anduve descarriado, pero ahora obedezco tu palabra. Tú eres bueno, y haces el bien; enséñame tus decretos. Aunque los insolentes me difaman, yo cumplo tus preceptos con todo el corazón.
El corazón de ellos es torpe e insensible, pero yo me regocijo en tu ley. Me hizo bien haber sido afligido, porque así llegué a conocer tus decretos. Para mí es más valiosa tu enseñanza que millares de monedas de oro y plata». Salmo 119, 65-72.

¿Cuántos de nosotros pensamos como piensa el salmista en el verso 72? ¿Cuántos valoramos así la palabra de Dios? ¿Qué tanto sabemos, que con Dios no necesitamos ocuparnos ni preocuparnos en otras cosas más que en buscar primeramente su reino y justicia? A veces Dios tiene que matricularnos y llevarnos a la escuela de su disciplina para que aprendamos a confiar en él.

El salmista es aquí el ejemplo de una persona que ha aprendido a confíar en Dios; considera y confiesa (declara) que aunque no entiende todo:
– Dios le ha tratado ha bien como su siervo (v.65);
– Dios ha sido consistente con su palabra dada (v.65);
– Dios es bueno y bienhechor con él (v.68);

Consciente de que hay muchas cosas que todavía no entiende, el salmista busca darle el significado y sentido correcto a su experiencia con Dios y por eso le dice:
– “Enséñame buen sentido (conocimiento) y sabiduría” (v.66);
– “Enséñame tus estatutos” (v.68).

Mientras encuentra el sentido correcto de su experiencia y de todo lo que le pasa, el salmista en firme declara delante de Dios algunas de sus decisiones:
– “Porque tus mandamientos he creído” (v.66);
– “Mas ahora guardo tu palabra” (v.67);
– “Mas yo guardaré de todo corazón tus mandamientos” (v. 69);
– “Mas yo en tu ley me he regocijado” (v. 70);
– Considero “mejor (es) la ley de tu boca, que millares de oro y plata” (v.72).

Este es un ejemplo de alguien que ama a Dios, de alguien que ama la palabra de Dios y de alguien que acepta la disciplina de Dios. Muchas veces el favor de Dios hacia nosotros se muestra en lo que nos agrada, pero otras veces, en lo que no nos agrada (Rom. 8:28). El salmista reconoce que fue un gran bien para él haber sido humillado (v.71) por los que contra él forjaron mentira (v.69) y por aquellos a quienes se les engrosó de sebo el corazón (v.70). ¿Si esto nos pasa o nos pasara, le diríamos a Dios lo mismo que el salmista?

Hay muchas cosas de la vida que aún no entendemos; esta es una manera clara y sencilla como podemos (y debemos) proceder delante de Dios y como demostración y testimonio a otros de que de verdad confiamos en Dios.

BENDICIONES PARA TODOS.