Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido. Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor, y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos. Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.

Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.  Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él. Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.

Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén». (Lucas 2, 21-38)

José y María cumplieron con todos los ritos que la ley exigía a los padres al nacerles un hijo varón, de acuerdo a Levítico 12:1-8:

  • Circuncidar y poner nombre al niño a los 8 días;
  • Cumplir el rito de purificación de la madre por 33 días;
  • Ofrecer el sacrificio de purificación a los 40 días;
  • Terminada la purificación, presentar al niño en el templo;
  • En el caso de Jesús como primogénito, consagrarlo al Señor (Ex.13:2).

La circuncisión ritual suponía entre varias cosas las siguientes:

  • Que el incircunciso era un extraño para Dios; con esto se admitía en el pacto de Dios con Israel. Sin embargo, Cristo es Dios mismo encarnado presente entre nosotros.
  • Que el incircunciso era un pecador; con esto se abría la puerta a la redención y a la santidad. Cristo condenó al pecado en la carne y nos redimió para él (Rom. 8:3; Ef. 1:4, 7).
  • Que el incircunciso estaba fuera de la ley de Dios; con este rito entraba a la ley y se obligaba a sí mismo a cumplirla toda (Gal.5:3). Cristo cumplió toda la ley por nosotros (Mt. 5:17-20).
  • Que el incircunciso no era reconocido como hijo de Abraham (en la carne o por la fe); con este rito se reconocía al circuncidado como hijo de Abraham (Rom. 4:11-12). Con Cristo ganamos más que ser hijos de Abraham por la fe; ganamos ser hechos hijos de Dios (Jn. 1:12).
  • Que el incircunciso no tenía nombre, no existía, no se le podía llamar; con este acto se le ponía nombre al recién nacido. Jesús nos manda alegrarnos porque nuestros nombres están escritos en los cielos (Lc. 10:20).

Diez kilómetros hay de Belén a Jerusalén; esa distancia caminaron para cumplir con la ley, de acuerdo a su situación económica. Aunque José y María eran de la familia del rey David, sin embargo eran pobres; debían ofrecer “un cordero de un año y un palomino o tórtola” (Lev. 12:6), pero en su condición la ley les permitía solo un par de cualquiera de estas dos aves (12:8). Este sacrificio indicada que los padres podían seguir teniendo al niño después de haber sido consagrado a Dios; era una forma de rescate. La ofrenda Ana y Elcana fue tan grande, sin embargo no retuvieron a Samuel su primogénito, para cumplir la palabra que Ana le había dado al Señor (1 S. 1:21, 24-28). La circuncisión podía hacerse privadamente, pero la purificación de la madre y la presentación del niño debían hacerse públicamente y ante un sacerdote.

Mientras María y José estaban cumpliendo con sus actos ceremoniales, dos personajes guiados por el Espíritu Santo hacen su aparición. El primero es Simeón; un hombre a quien Lucas describe como “justo y piadoso” (2:25); este hombre conocía y esperaba la promesa divina de un libertador para Israel. Al ver al niño Jesús lo reconoce de inmediato, lo toma en sus brazos, bendice a Dios por él, expresa su satisfacción y da unas palabras proféticas tanto para el niño como para María (2:28-35). Quizá María y José se miraban el uno al otro, sin entender cabalmente todo lo que estaba pasando, pero guardando todas estas cosas en sus corazones.

Aparece también la profetiza Ana, de la que se dice que prácticamente vivía en el templo. Quizá el salmo 84 era su cántico favorito, mientras como Simeón, también esperaba la venida del Mesías. Ese día su voz se escuchó por todos los pasillos del templo; esta vez “hablando (predicando) del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (2:38).

Simeón y Ana estaban en el lugar correcto, en el tiempo preciso y con la actitud correcta para ver en ese día al mismo Dios encarnado, el cumplimiento de una promesa esperada. La ley ha sido satisfecha en todos los sentidos, para que nosotros ahora disfrutemos de todo lo de Dios y de su misma presencia, solo por su gracia. Cristo vino para hacer posible la gracia de Dios para nosotros; su favor para todos los que le recibimos, adoramos y servimos. ¡Aleluya!

Feliz día día y bendiciones para todos.