Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos.
Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios.
Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido». (Hechos 3, 1 – 10)

Desde tiempos muy antiguos los judíos tenían tres momentos definidos y solemnes de oración: la tercera hora (9:00 am), la sexta hora (12:00 m) y la novena hora (3:00 pm). En los dos últimos momentos se hacía sacrificios de corderos todos los días en el templo. En la hora noventa se recitaban las Bendiciones, el Shemá y los Diez Mandamientos. Inicialmente los cristianos siguieron las prácticas judaicas establecidas que consideraban de gran valor, a pesar de la persecución que desde un principio tuvieron y porque también eran judíos.

Al parecer, muy pronto los discípulos se dividieron en tres grupos de cuatro; Pedro y Juan eran los líderes del grupo principal llamados por Pablo “los que tenían (cierta) reputación” o también los “considerados como columnas” (Gal. 2:2, 6, 9). Los otros dos apóstoles eran Andrés y Jacobo (Santiago); dos parejas de hermanos. Pedro era como el vocero del grupo.

Como su nombre lo indica, esta era una puerta muy hermosa hecha de cobre; más hermosa que las otras ocho puertas del templo hechas en oro y plata por Herodes. Esta puerta separaba el patio de los gentiles del atrio de las mujeres y estaba ubicada en el sector Este que se llamaba “pórtico de Salomón” (v.11).

La práctica de dar o solicitar limosnas era y sigue siendo muy común en muchas partes. Pedir limosna en aquel tiempo era como decirle a una persona: “Por favor, exprésame tu misericordia” o “exprésame tu compasión, por favor”; algunos la solicitaban por necesidad pero otros la adoptaron como un estilo de vida para aprovecharse de la bondad de los demás. En el primer caso se demuestra la desigualdad en una sociedad, que lleva a algunos al punto de la mendicidad; en el segundo caso puede mostrar la incapacidad de auto gestión de algunos para salir adelante o la de simplemente usar una manera “inmoral” de vivir de la buena voluntad de los demás. Aquí puede ser el caso de un imposibilitado físicamente y que muchos de los que iban al templo le conocían; probablemente no era el caso de alguien a quien usaban para aprovecharse de su parálisis para pedir limosna, a pesar que dice que algunos le “ponían cada día en la puerta del templo…” (v.2).

Aquí Lucas nos narra un milagro de la era apostólica que puede ser el primero, dependiendo de cómo se interpreta el texto de 2:43. Generalmente uno no habla con los mendigos, más bien los esquiva; aunque ya era la ora de la oración, Pedro y Juan se detienen y con sus palabras iniciales despiertan la expectativa del mendigo. “Míranos”; porque generalmente los mendigos piden con la cabeza gacha o mirando al vacío; ahora Pedro parece inicialmente apagar su expectativa: “no tengo oro ni plata”, pero se la vuelve a revivir cuando le dice: “pero lo que tengo te doy”. Quizá pensó en algún objeto de valor; pero por la palabra de Pedro apoyado por Juan y “en el nombre de Jesucristo de Nazaret”, el cojo recibió la sorpresa de algo de un valor incalculable: Su sanidad.

Es interesante que el texto nos acaba de decir que los creyentes “vendían sus propiedades y sus bienes, y los repartían a todos según la necesidad de cada uno” (2:45); más adelante nos dice que “traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles” (4:34-35). Sin embargo Pedro y Juan, además de tener los bolsillos vacíos, no pensaron en este tipo de ayuda, quizá porque estas tenían destinación fija. Observe que en estos textos como en 6:1, el producido de estas ventas era para suplir las necesidades de los necesitados del grupo de creyentes. El cojo no pertenecía al grupo. Qué importante es pertenecer a un grupo en el que podamos apoyar y recibir apoyo en tiempo de necesidad.

La reacción de felicidad del hombre fue contundente que causó alboroto en el sector donde estaba. En los versos 7 a 10 Lucas nos describe ese momento diciendo tantas cosas, de tal manera que nos transporta allá y nos hace vivir la realidad de lo que allí sucedía; es emocionante.

Una vez más con esta historia, Dios nos demuestra el interés que tiene por el bienestar total de todos y cada uno de nosotros. Como lecciones de vida, debemos aprender que no debemos pasar de largo frente al necesitado o esquivarlo; que nosotros somos los instrumentos de Dios para la bendición de otros y que es necesario pertenecer a un grupo (iglesia) y tener sentido de pertenencia para ayudar y así tener la posibilidad de recibir ayuda en tiempo de necesidad.

BENDICIONES PARA TODOS.