Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Nosotros somos judíos de nacimiento y no “pecadores paganos”. Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado.

Ahora bien, cuando buscamos ser justificados por Cristo, se hace evidente que nosotros mismos somos pecadores. ¿Quiere esto decir que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera! Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor. Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí. No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano». (Gálatas 2:15-21)

Antioquía fue la tercera ciudad más importante del mundo conocido en época del Nuevo Testamento después de Roma y Alejandría. Los judíos helenistas cristianos fundaron allí la primera iglesia de habla griega, la cual llegó a ser de mayoría gentil, es decir, gente no judía. Cuando por comisión de la Iglesia de Jerusalén Bernabé llegó a Antioquía, encontró que todo estaba bien y con todos se socializó sin ninguna reserva; pero cuando Pedro visitó a la Iglesia, él solo socializaba con todos cuando no estaban los hermanos judíos que el pastor principal de la iglesia en Judea enviaba; esto influyó también en Bernabé, quien comenzó a tener la misma conducta (2:12, 13).

Pablo usa este incidente para explicar a los gálatas el papel de la ley en la vida de los cristianos gentiles. El asunto de si los gentiles eran o no salvos, si podían pertenecer o no a la iglesia, ya había sido resuelto en la reunión registrada en Hechos 15; pero al parecer y aunque se reconoció la ayuda del Espíritu Santo para la toma de decisiones en esa reunión, algunos no quedaron conforme o no tenían claro que podían socializarse con los gentiles no circuncidados sin ninguna reserva como entre judíos. No creemos que estos judíos mostraban el pensamiento de Jacobo, puesto que en la reunión él se mostró entendido en los temas relacionados con los gentiles, pero no solo en Antioquía habían causado problemas, sino que hasta la tierra de los gálatas habían llegado enseñando lo que Pablo llamó “otro evangelio”, aun después del concilio en Jerusalén.

Para entender el punto que el apóstol discute aquí es necesario explicar un poco el término justificación, el cual es más usado en el ámbito jurídico y muy poco en el ámbito religioso.

Un judío en tiempos de Jesús, incluido Pablo, pudo preguntarse: ¿Cómo podré presentarme como justo ante Dios hoy y en el día del juicio y ser justificado, es decir, ser declarado justo por él? Ahora Pablo tiene la respuesta y es que nosotros somos justificados delante de Dios por la fe mediante el sacrificio de Cristo (2:16; Rom. 5:1). Las obras que pide la ley no tienen el poder de justificar al hombre. El problema ahora es: Siendo ya justificados, ¿cómo debemos vivir y cómo debemos enseñar a los demás en este sentido? Este es el punto para los que son judíos.

Un gentil sabe que los judíos tienen una tradición religiosa, tienen una ley escrita de la cual están muy orgullosos de tenerla, son llamados “pueblo de Dios” y además, de ellos (los judíos) desciende Jesús el Salvador. Un gentil al escuchar el evangelio podría estarse preguntando: ¿Para ser salvo debo seguir los mismos pasos que para ser un prosélito? Pablo le responde que “por las obras de la ley nadie será justificado” (2:16); además, “por cuanto todos pecaron (judíos y gentiles), y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). De la misma manera como un judío que conoce la ley llega a ser justificado, así mismo un gentil que no conoce la ley también llega a ser justificado; es sencillamente por la fe, ya que las obras que pide la ley no tienen el poder de justificar al hombre.

Entonces, si ya hemos sido “justificados por la fe, por medio de nuestro Señor Jesucristo”, ¿Por qué deberíamos estar buscando acogernos a las obras de la ley si ya hemos sido informados que ellas no tienen ningún poder para justificarnos? ¿Por qué si para la ley yo ya soy un muerto, ella sigue teniendo poder sobre mí? ¿Por qué debo enseñar esto a otros? ¿Por qué más bien no me acojo a la gracia en vez de desecharla, queriendo reconstruir el poder de la ley sobre mí? Pues “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí (2:20). Esta es la conciencia que como cristianos debe desarrollar, la cual entonces nos dice “cómo debemos vivir”.