Quisiéramos ver a Jesús

Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús.

Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. (Juan 12:20-26)

Felipe y Andrés parecen haber sido los encargados de las relaciones públicas en el equipo de Jesús y como los encargados de solucionar problemas; a lo mejor, junto con Judas, los tres formaban el comité de finanzas, con Felipe como presidente. Desde su llegada al grupo inicial de Jesús, Felipe fue un relacionista y evangelizador; fue quien le testificó a Natanael acerca de Cristo (1:43-45). A Felipe acudió Jesús para consultarle cómo conseguir pan para más de cinco mil personas, estando en el “otro lado del mar de Galilea”, en “un monte” (6:1, 3) y para que con Andrés organizara la gente para recibir el milagro de la multiplicación de los panes (6:10).
Felipe es un nombre griego (amante de caballos) e igualmente Andrés (varón); ambos eran de Batsaida, donde había una gran colonia de gentiles griego, como también muchos judíos helenistas y seguro que los dos hablaban fluidamente el griego. ¡Que bueno encontrar gente conocida y de confianza que le pueda ayudar a uno a acercarse a Jesús! Los griegos que buscaban a Jesús, quizás eran de la región de Betsaida y conocían a Felipe; con confianza se le acercaron para que les facilitara ver a Jesús (12:21). Felipe se puso de acuerdo con Andrés y ambos le dieron la información a Jesús (12:22).
La reacción de Jesús a la petición de los griegos fue inmediata; este hecho significaba para Jesús, que su misión para con “las ovejas perdidas de la casa de Israel” había terminado y que “ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado” (12:23); es decir, la hora de volver a su Padre por la muerte y la resurrección. No hay duda de que Jesús al hablar del trigo, estaba hablando de su propia vida (12:24) y que por su glorificación, a causa de su muerte y resurrección, la semilla de su vida plantada en los corazones de los gentiles, llevaría mucho fruto.
Los judíos pensaban que el reino mesiánico se circunscribía solo a ellos y así lo enseñaban; por eso cuando los magos llegaron a Jerusalén, preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? (Mt. 2:2); pero aquí, como en muchos otros pasajes, Jesús deja claro que su reinado es universal; es decir, incluye también a los gentiles. Ciertamente la evangelización de los gentiles no era parte del ministerio terrenal de Jesús; esta sería la tarea de todos y cada uno de sus discípulos después de su glorificación (Mt. 28:19-20; Hch. 1:8); es decir, después de sembrada su vida y luego resucitada. Pablo lo referencia como “la plenitud de los gentiles” (Rom. 11:25).
¿Quién puede combinar gloria con sufrimiento y muerte? Jesús así lo tenía claro. Amar esta vida es perderlo todo; morir a esta vida es ganar la vida eterna. Y en el caso suyo, su muerte significaba la liberación de todos los que estaban (y están) bajo la esclavitud del pecado y del diablo. Jesús entendía que su muerte no era una deshonra, sino la oportunidad de recibir doble honra, doble glorificación (12:28); que su muerte no era una derrota, sino una gran victoria sobre el príncipe de este mundo (12:31). Esta misma honra y victoria prometa Jesús a todos los que le buscan, le sirven y le sigan sirviendo (12:26).
Bendiciones para todos.

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