La fe del centurión

 Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Al entrar Jesús en Capernaúm, se le acercó un centurión pidiendo ayuda. Señor, mi siervo está postrado en casa con parálisis, y sufre terriblemente. —Iré a sanarlo —respondió Jesús. —Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano. Porque yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno: “Ve”, y va, y al otro: “Ven”, y viene. Le digo a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.

Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: —Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe. Les digo que muchos vendrán del oriente y del occidente, y participarán en el banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Pero a los súbditos del reino se les echará afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Luego Jesús le dijo al centurión: —¡Ve! Todo se hará tal como creíste. Y en esa misma hora aquel siervo quedó sano». (Mateo 8, 5 – 13)

Como se puede notar, Mateo intenta usar un esquema particular para su evangelio; lo hace por secciones y esta es una de las secciones (caps. 8 y 9) donde nos cuenta algunos milagros de Jesús.

Un centurión era un oficial romano que tenía a su cargo 100 soldados, los cuales representaban las tropas de ocupación en el lugar donde estaban. La ocupación en Palestina llevaba cerca de 100 años. Muy a menudo estos oficiales eran brutales o despiadados; despreciaban a sus semejantes; aprovechaban las escaramuzas armadas para ejecutar y mandar a matar a todos los que se rebelaban. La religión de los soldados romanos era la adoración al emperador. Sin embargo, quizá por la influencia de la fe judía, algunos se convertían en buenas personas y hasta en “piadosos, temerosos de Dios y de buen testimonio” como el caso de Cornelio (Hch. 10:2, 22). Imaginémonos la dificultad que estos hombres tuvieron, cuando desde sus superiores recibieron la orden de perseguir y matar a judíos y luego a cristianos.

Los judíos usualmente no visitaban las casas de quien no fuera también judío, porque ritualmente se convertían en impuros; algunos pensaban que también se podían convertir en impíos. Sin embargo, algunos de ellos quizá por imposición o por necesidad, llegaban a ser asistentes o criados de algunos oficiales romanos; creemos que el criado de este oficial era un judío y que su cercanía permitió al centurión oír las enseñanzas acerca del Dios verdadero y desarrollar una fe tal que dejó a Jesús maravillado (v.10); esta puede ser una razón por la que el oficial romano le tomó tanto afecto a ese criado que se preocupó por el (8:5-6). Esto nos lleva a pensar sobre nuestra influencia cristiana en el lugar donde servimos.

Aparte de saber que en este punto el centurión creía, sabía y tenía una confianza ilimitada de que Jesús podía sanar a su criado, no sabemos que pensaba él exactamente de Jesús como persona y qué tenía que ver con el Dios de la fe judía; sin embargo, éste se considera indigno de recibir a Jesús en su casa (actitud de humildad poco compatible con la de algunos de los que nos llamamos cristianos hoy). Esto puede ser solo una pista para saber qué pensaba él de Jesús. Es interesante que el centurión creía tener algo en común con Jesús: Estar bajo autoridad y tener voz de autoridad, voz de mando; desde luego, en niveles distintos. Es muy fácil hacer que un soldado obedezca, pero no así con una enfermedad.

Las dos veces que el centurión se dirige a Jesús le llama “Señor” (8:6, 8); esto es un reconocimiento de la superioridad de Jesús sobre él. El centurión sabía que él como oficial romano tenía bajo su mando cien hombres; pero quizá con sus ojos espirituales, veía que Jesús tenía bajo su mando miles de millones de ángeles a quienes les podía ordenar cualquier tarea y la harían.

A diferencia de muchas personas, éste hombre no solo creía en milagros, sino que también creía en la palabra de Jesús; los milagros ocurren y pasan (y luego hasta los olvidamos); pero la palabra del Señor permanece para siempre. Pocas veces los evangelios registran incidentes en los que Jesús admira la fe de alguien; no logró hacerlo con ningún israelita o judío; lo logró con gente de fuera (15:28); quizá el mismo centurión no sabía que tenía tanta fe. Jesús reconoce el amor (filantropía o altruismo), la humildad y la fe de las personas; pero lo que lo impresiona y lo deja maravillado es la “tanta fe” o la “gran fe” de las personas; es la fe la que toca el corazón de Dios y nos lleva a recibir su salvación (Ef. 2:8).

En el versículo 12 hay tres expresiones interesantes salidas de labios de Jesús:
– “Los hijos del reino”; se refiere a los judíos que han rechazado la salvación;
– “Las tinieblas de afuera”; se refiere a un patio sin luz fuera de la sala del banquete;
– “Lloro y crujir de dientes”; expresión de terrible dolor y de desesperación.

¿Será que la gente de fuera del ámbito del pueblo de Dios tiene la capacidad de desarrollar más fe que los que estamos dentro (v.11)? ¿Será que muchos de los que están dentro del ámbito cristiano serán echados fuera del reino de Dios (v.12)? Observemos que el punto central aquí no es el altruismo que practicamos con la gente, ni la humildad que mostramos ante los superiores, ambas actitudes son muy buenas; pero el punto central aquí es la fe (confianza) que desarrollamos en Dios.

Que en el lugar donde estemos Jesús pueda decir: “ni aún en… (ciudad, país) he hallado tanta fe” (8: o como le dijo a la mujer cananea: “Oh…(hombre o mujer) grande es tu fe” (15:28). Asegurémonos de nuestra entrada y permanencia en el reino de Dios y de estar en la lista de los que por fe han sido salvos.

DIOS NOS BENDIGA!

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