Jesús sana a diez leprosos

Un día, siguiendo su viaje a Jerusalén, Jesús pasaba por Samaria y Galilea. Cuando estaba por entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres enfermos de lepra. Como se habían quedado a cierta distancia, gritaron: ―¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Al verlos, les dijo: ―Vayan a presentarse a los sacerdotes.

Resultó que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse ya sano, regresó alabando a Dios a grandes voces. Cayó rostro en tierra a los pies de Jesús y le dio las gracias, no obstante que era samaritano. ―¿Acaso no quedaron limpios los diez? —preguntó Jesús—. ¿Dónde están los otros nueve? (Lucas 17:11-17)

La lepra era una enfermedad muy común en Israel, tanto como en otros pueblos, especialmente en Siria y Egipto; lo peor era que especialmente en Israel, esta enfermedad marcaba física, social, moral y espiritualmente a la persona que la sufría, además de estar asociada con uno o varios pecados cometidos por la persona.

Físicamente la lepra convertía a su víctima en una masa viviente de putrefacción, con intensos dolores en el día y pesadillas en la noche. Socialmente la persona era aislada hasta de sus familiares más íntimos y en el entendido común, hasta de Dios mismo, porque en su condición de leprosos no podía acercarse a un lugar sagrado para adorar a Dios. Debía vestir con ropas de mal aspecto para ser reconocido desde lejos; pero también, cuando alguien sin distinguirlo o verlo se les acerca, debía gritar ¡Inmundo, inmundo! Esto para hacer que el otro se detuviera o se desviara de ir hacia él. Aunque la ley suponía que la persona se podía curar alguna vez (¿por fe, ya que estaba asociada con el pecado o por algún tratamiento?), en realidad la lepra era una enfermedad hereditaria e incurable.

Pero si un leproso llegara a estar sano y limpio de su lepra, antes de socializar con las demás personas y poder entrar en un lugar sagrado para adorar, debía primero presentarse a los sacerdotes autorizados y hacer lo prescrito en Levíticos 14. Los diez leprosos aunque todavía no veían su sanidad física, obedecieron al mandato del Señor de presentarse ante los sacerdotes. Los diez (quizás) tuvieron fe para ser sanos; sin embargo, solo uno tuvo fe para volverse al Señor en agradecimiento.

Por el versículo 11 entendemos que nueve de los diez leproso eran judíos y uno samaritano. Esto es un cuadro de que en circunstancias difíciles, todo prejuicio odio racial desaparece; sabemos de las tensiones entre judíos y samaritanos desde la época de Nehemías, más de cuatrocientos años atrás. Los diez leprosos no tenían problemas de arroparse con la misma cobija. Pero luego que todo estuvo bien, las diferencias volvieron a aparecer. Antes, los diez vivían juntos, comían juntos, andaban juntos, los diez clamaron al Señor, los diez recibieron sanidad y hasta ahí llegó la unidad; porque después, a la hora de dar gracia a Dios por la sanidad recibida, los nueve consideraron que no era necesario hacerlo y menos volver a Jesús con ese samaritano; cada uno se fue a lo suyo y solo el samaritano regresó hasta donde estaba Jesús para darle las gracias (17:15-17). ¡hm! Esto debió haber entristecido a Jesús (v.18); pero Jesús le dio una palabra al samaritano, indicándole que había sido lo que operó en él, que le produjo salvación (sanidad): “Tu fe te ha salvado” (v.19).

Estos diez leprosos tuvieron la gran bendición no solo de saber que podían ser sanados, sino de encontrarse con quien les podía sanar y que lo único que necesitaban era mostrar su fe en obediencia a la palabra de Jesús; palabras que concordaban con lo que ellos ya sabían. Jesús ya había sanado antes a otro leproso (5:12-13); si lo había hecho, él podía hacerlo de nuevo. Pero se ve que a nueve de ellos, esa fe no les alcanzó para volver a Jesús y darle las gracias.

Sabemos de muchas personas que han recibido milagros de todo tipo y tamaño; sin embargo, sus vidas parecen no haber sido transformadas por el milagro o milagros recibidos. Esto que quizás ya hemos visto y nuestro texto de hoy, nos confirman que de verdad uno puede recibir un gran milagro de parte de Dios (inclusive) y no ser transformadas; sin embargo, quien de verdad recibe la palabra de Dios, el testimonio que tenemos en la Biblia es que esas personas fueron transformadas. Recibir por fe un milagro no tiene el mismo efecto que recibir con fe la Palabra de Dios.

Este milagro nos enseña varias cosas entre ellas: Primero, que un milagro puede impactar nuestra vida física y social, pero es la Palabra la que impacta la vida moral y espiritual. Segundo, que la verdadera FE se demuestra yendo más allá de la obediencia; al samaritano no se le dijo que volviera a dar gracias, pero lo hizo. Y tercero, que de acuerdo a la ley, basta con la obediencia; pero en la gracia, tenemos fuerza y poder para ir más allá de la obediencia en agradecimiento a Dios. Jesús acababa de decir lo inútiles que somos, cuando apenas si, hacemos lo que se nos dice que hagamos (v. 10).

Feliz y bendecido día para todos.

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