La fiesta de la dedicación

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Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre. Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos. Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí. Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. (Juan 10:35-41)

La fiesta de la de la dedicación (10:22) o fiesta de la luces (en hebreo = Hanukah), a pesar de no ser una fiesta bíblica y ordenada por Dios en el Pentateuco (Torah), llegó a ser una fiesta muy importante entre los judíos (y todavía lo es). Esta fue una fiesta instituida por Judas Macabeo en el año 164 a. C. (período inter testamentario), para celebrar la derrota de los asirios al mando de Antíoco Epífanes, la recuperación de la independencia judía y la purificación del templo de Jerusalén por Judas y sus hermanos, ya que había sido contaminado por Antíoco, sacrificando cerdos. Parte de esta información se encuentra en el libro (Deuterocanónico o apócrifo) de 2 de Macabeos, a partir del capítulo 8 hasta el 15. Esta fiesta dura ocho días y coincide con nuestra época de navidad.
Fue en el contexto de esta fiesta que Jesús dio las palabras de nuestro texto a los judíos que le estaban rodeando, acusando y queriendo agredir físicamente. Jesús había dicho muchas cosas que los judíos consideraban como blasfemia. Lo último fue cuando dijo “Yo soy el Buen Pastor” (10:11, 14); ellos se sabían el salmo 23 y no podían aceptar que Jesús tomara el lugar de Dios y menos que él fuera Dios o igual a Dios (10:30).
De paso, es también en este contexto en el que Jesús comparte una de las tantas palabras que aseguran nuestra salvación (10:27-29). Además de este argumento bíblico, yo agrego que, puede ocurrir el milagro (y de hecho ocurre todos los días), que la naturaleza de una cabra (incrédulo espiritual) sea transformada por el evangelio (que es poder de Dios) para ser naturaleza de oveja (creyente espiritual); Dios hace la obra; pero jamás la naturaleza de una oveja podrá ser cambiada a naturaleza de cabra; Dios no hará ese tipo de cosas, tampoco el diablo y menos la misma persona. Solo debemos asegurarnos de que somos salvos, vivir como salvos y que nuestro nombre está escrito en los cielos (Lc. 10:20), de donde nada ni nadie lo va a borrar.
Volviendo a nuestro texto, esta fue la ocasión en la que Jesús hizo su último intento de presentar sus credenciales como Mesías venido de Dios. Aquí Jesús utiliza su último argumento. No creyeron su carácter mesiánico por las enseñanzas que compartió, tampoco por los milagros y demás obras que hizo; ahora utiliza las palabras del salmo 82:1 y 6, un canto que ellos se sabían de memoria, que es una exhortación a los “elohím” (jueces) entre los cuales Dios está, para juzguen correctamente, pero también un texto que está en la Torah, libro de Shemot, Éxodo 7:1-2. (Aclaramos aquí que el término hebreo “elohím” en ocasiones se traduce por “dioses” en el sentido de designar a aquellos que han recibido autoridad para decidir o juzgar. En el contexto bíblico, este no es un término para afirmar que nosotros somos “pequeños dioses” o “diositos”, como enseñan algunas sectas. En otros contextos, este término se usa como nombre de Dios Creador, pero con “E” mayúscula: Elohím).
Para los judíos no hay más alto tribunal que la Escritura; igual lo era para Jesús. Jesús no presenta este argumento para simple apelación; era un argumento de convicción y que el mismo autor sagrado resalta: “La Escritura no puede ser quebrantada” (10:35). Si estos hombres del pasado que (quizás de manera casi plenipotenciaria) representaron a Dios y que en ocasiones hicieron mal uso del poder; que además murieron como hombres (Sal. 82:7) y así se les llamó “elohím” (dioses o jueces), ¿Cuánto más debe ser reconocido así alguien que no solo representa a Dios, sino que es el verdadero Juez (Jn. 5:22, 27; Hch. 10:42) y uno con Dios (Jn.10:30). De una u otra manera Jesús les advierte que (palabras que pongo en boca de Jesús): Si este argumento no les sirve como credencial de mi identidad, entonces ustedes mismos están quebrantando las Escrituras que reconocen como Autoridad divina, diciendo que soy un blasfemo. Los judíos definitivamente no aceptaron las credenciales escriturarías o bíblicas de Jesús (10:39).
Aquí quedó claro que estos religiosos, aunque exaltaban las Escrituras y la tenían como su máxima autoridad, no eran ovejas del rebaño del Señor; por lo tanto, tampoco eran salvos. Si bien estaban dispuestos a aprobar y a recibir sus milagros (por algún interés), no estaban dispuestos a aceptar lo que decía (ciertamente por sus prejuicios religiosos). Muy bíblicos los judíos, pero rechazaron al verdadero Hijo Unigénito de Dios. ¿A cuánta gente hoy le sucede lo mismo, debido a su interpretación equivocada de la Escritura o por causa de su prejuicio religioso?.
Feliz y bendecido día para todos.

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