El pecado de Acán, la derrota en Hai y el castigo de Acán

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Pr. Manuel Gamboa

Sin embargo, los israelitas desobedecieron al Señor conservando lo que él había decidido que fuera destinado a la destrucción, pues Acán hijo de Carmí, nieto de Zabdí y bisnieto de Zera, guardó para sí parte del botín que Dios había destinado al exterminio. Este hombre de la tribu de Judá provocó la ira del Señor contra los israelitas.

Josué envió a unos hombres de Jericó hacia Hai, lugar cercano a Bet Avén, frente a Betel, y les dijo: «Vayan a explorar la tierra». Fueron, pues, a explorar la ciudad de Hai. Poco después regresaron y le dieron el siguiente informe a Josué: «No es necesario que todo el pueblo vaya a la batalla. Dos o tres mil soldados serán suficientes para que tomemos Hai. Esa población tiene muy pocos hombres y no hay necesidad de cansar a todo el pueblo». Por esa razón, solo fueron a la batalla tres mil soldados, pero los de Hai los derrotaron. El ejército israelita sufrió treinta y seis bajas, y fue perseguido desde la puerta de la ciudad hasta las canteras. Allí, en una pendiente, fueron vencidos. Como resultado, todo el pueblo se acobardó y se llenó de miedo.

Ante esto, Josué se rasgó las vestiduras y se postró rostro en tierra ante el arca del pacto del Señor. Lo acompañaban los jefes de Israel, quienes también mostraban su dolor y estaban consternados. Josué le reclamó a Dios:

―Señor y Dios, ¿por qué hiciste que este pueblo cruzara el Jordán, y luego lo entregaste en manos de los amorreos para que lo destruyeran? ¡Mejor nos hubiéramos quedado al otro lado del río! Dime, Señor, ¿qué puedo decir ahora que Israel ha huido de sus enemigos? Los cananeos se enterarán y llamarán a los pueblos de la región; entonces nos rodearán y nos exterminarán. ¡Qué será de tu gran prestigio!

Y el Señor le contestó:

―¡Levántate! ¿Qué haces allí postrado? Los israelitas han pecado y han violado la alianza que concerté con ellos. Se han apropiado del botín de guerra que debía ser destruido y lo han escondido entre sus posesiones. Por eso los israelitas no podrán hacerles frente a sus enemigos, sino que tendrán que huir de sus adversarios. Ellos mismos se acarrearon su destrucción. Y, si no destruyen ese botín que está en medio de ustedes, yo no seguiré a su lado. ¡Levántate! ¡Purifica al pueblo! Diles que se consagren para presentarse ante mí mañana, y que yo, el Señor, Dios de Israel, declaro: “¡La destrucción está en medio de ti, Israel! No podrás resistir a tus enemigos hasta que hayas quitado el oprobio que está en el pueblo”. Mañana por la mañana se presentarán por tribus. La tribu que yo señale por suertes presentará a sus clanes; el clan que el Señor señale presentará a sus familias; y la familia que el Señor señale presentará a sus varones. 15 El que sea sorprendido en posesión del botín de guerra destinado a la destrucción será quemado junto con su familia y sus posesiones, pues ha violado el pacto del Señor y ha causado el oprobio a Israel.

Al día siguiente, muy de madrugada, Josué mandó llamar, una por una, a las tribus de Israel; y la suerte cayó sobre Judá. 17 Todos los clanes de Judá se acercaron, y la suerte cayó sobre el clan de Zera. Del clan de Zera la suerte cayó sobre la familia de Zabdí. 18 Josué, entonces, hizo pasar a cada uno de los varones de la familia de Zabdí, y la suerte cayó sobre Acán hijo de Carmí, nieto de Zabdí y bisnieto de Zera. 19 Entonces Josué lo interpeló:

―Hijo mío, honra y alaba al Señor, Dios de Israel. Cuéntame lo que has hecho. ¡No me ocultes nada!

Acán le replicó:

―Es cierto que he pecado contra el Señor, Dios de Israel. Esta es mi falta: Vi en el botín un hermoso manto de Babilonia, doscientas monedas de plata y una barra de oro de medio kilo. Me deslumbraron y me apropié de ellos. Entonces los escondí en un hoyo que cavé en medio de mi carpa. La plata está también allí, debajo de todo.

En seguida, Josué envió a unos mensajeros, los cuales fueron corriendo a la carpa de Acán. Allí encontraron todo lo que Acán había escondido, lo recogieron y se lo llevaron a Josué y a los israelitas, quienes se lo presentaron al Señor. Y Josué y todos los israelitas tomaron a Acán, bisnieto de Zera, y lo llevaron al valle de Acor, junto con la plata, el manto y el oro; también llevaron a sus hijos, sus hijas, el ganado, su carpa y todas sus posesiones. Cuando llegaron al valle de Acor, Josué exclamó:

―¿Por qué has traído esta desgracia sobre nosotros? ¡Que el Señor haga caer sobre ti esa misma desgracia!

Entonces todos los israelitas apedrearon a Acán y a los suyos, y los quemaron. Luego colocaron sobre ellos un gran montón de piedras que sigue en pie hasta el día de hoy. Por eso aquel lugar se llama valle de Acor. Así aplacó el Señor el ardor de su ira. (Josué 7:1-26)

De niño y pre-adolescente solía escuchar mensajes radiales; rara vez me perdía los mensajes de maestros bíblicos como Samuel Montoya, Domingo Fernández, José Andrade y de otros en sus programas “A Través de la Biblia”, “Lluvias de Bendición”, “La Biblia dice” y otros más, por medio de las emisoras Radio Trans-Mundial, HCJB-La Voz de los Andes y muchas otras emisoras cristianas de onda corta.
Al alistarme para preparar esta reflexión recordé que una vez escuché a Samuel Montoya explicando nuestro texto de hoy y que había tomado notas de algo que me llamó la atención; creí que ya no tenía ese apunte, pero en menos de cinco minutos lo encontré en una de mis carpetas. El apunte es el siguiente:
“La conquista de tres ciudades de Canaán representan nuestra victoria sobre nuestros tres grandes enemigos: El mundo, la carne y el diablo:
– Cap. 6 – Jericó representa el mundo y solo puede ser vencido por nuestra fe (He. 11:30; 1 Jn. 5:4).
– Caps. 7-8 – Hai representa la carne y solo por nuestra confesión podemos tener el perdón y la victoria (1 Jn. 1:9; Col. 3:9).
– Cap. 9 – Gabaón representa al diablo con toda su astucia y mentiras; solo vestidos con la armadura de Dios (fe y palabra) podemos resistirle y salir vencedores (Ef. 6:11-16; Ap. 12:9)”. Hasta aquí mis apuntes (quizás a usted ya lo haya escuchado o leído de alguna parte).
Muchos cristianos quizás no hemos aprendido a distinguir las acciones, poder e influencia de estos tres enemigos y que las estrategias para vencerlos son distintas; en muchas personas quizás la carne tiene más poder que el diablo y no lo sabe; hace guerra espiritual contra el diablo pero el problema sigue, porque su origen no está en el diablo, sino en el mundo o en la carne, así él los esté utilizando. La carne puede ser el mayor de los enemigos de muchas personas y la causa de su vida cristiana en derrota.
¿Ha notado usted que los pecados por “prevaricación” generalmente están asociados con la carne? ¿Ha notado usted que la mayoría de los pecados que más afectan la santidad del creyente tienen que ver con la carne? En el pecado de Acán no se nota que hubo presión del diablo, como quizás con Eva (Gen. 3:6); tampoco presión social, como en el caso de Saúl (1 Sam. 15:23-24). El pecado de Acán no fue un pecado por yerro o por ignorancia; fue un pecado por “prevaricación” presionado por su propia carne (7:1, 11, 20, 21) y en el que involucró a todo Israel y todo Israel sufrió las consecuencias (7:4-5).
La carne tiene una cuádruple ventaja sobre nosotros si estamos lejos de Dios: Una, porque no siempre la reconocemos como una enemiga importante (7:3); dos, porque a veces nos sentimos muy confiados frente a ella (1 Cor. 6:18; 10:12); tres, porque ella está dentro de nosotros y la llevamos a todas partes (Rom. 7:18-21); y cuatro, porque muchas veces al reconocerla como enemiga tenemos miedo de hacerle frente (Jos. 7:4). Esto nos dice que el enemigo más fuerte lo llevamos dentro, o más bien, somos nosotros mismos.
Los mayores daños a una sociedad, comunidad, iglesia, familia y a cada uno de nosotros, ocurren por enemigos de dentro y no externos. Aunque en ocasiones el mundo y el diablo pueden afectarnos desde dentro, estos son enemigos externos y los podemos echar fuera; pero ¿Cómo hacerlo con la carne? La única manera es
confesando nuestro pecado y que Dios tenga misericordia de nosotros (Prov. 28:13; 1 Jn. 1:9). Pero ¡Ojo! Estamos hablando de prevaricación; es decir, pecado consciente y voluntario (He. 10:26-28). ¡Dios tenga misericordia de nosotros! Ciertamente Israel fue perdonado; pero ¿Qué le pasó a Acán y a su familia? Aquí la respuesta en 7:24-25. Si tan solo hubiese esperado o aguantado unos pocos días – kairós (8:2).
El pecado de Acán involucró todo su ser (7:20):
– Lo físico: “Vi… un manto babilónico…, doscientos ciclos de plata y un lingote de oro…”
– Lo emocional: “…muy bueno” (le dio una alta calificación; se sintió afortunado por haber encontrado esos elementos).
– Lo mental: “… lo cual codicié…” (Cuántas cosas habrá pensado).
– Lo volitivo: “…y tomé” (del anatema: Algo que solo Dios determinaba cuál sería su uso o final).
Vemos cómo el pecado de un solo hombre afecto a toda una nación; pero también que la confesión de ese pecado facilitó la victoria de toda la nación. Pero observe: Josué necesito 30.000 hombres fuertes (8:3) para poder derrotar una población que solo tenía 12.000 personas que no todas eran fuertes (8:25). Así es nuestra lucha contra la carne. ¿Qué pecados hay en nuestra vida que está impidiendo la bendición, la victoria y la prosperidad en nuestra familia, en nuestra iglesia, en nuestra comunidad o nación? ¿Serán “pequeñas zorras” a las que les restamos importancia, pero que nos están causando enorme daño?
Feliz día; que todos tengamos una vida bendecida, prosperada y en victoria, como resultado de hacer la voluntad de Dios.

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