Apártense de los ídolos

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Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna. Esta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que, si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye. Y, si sabemos que Dios oye todas nuestras oraciones, podemos estar seguros de que ya tenemos lo que le hemos pedido.

Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, ore por él y Dios le dará vida. Me refiero a quien comete un pecado que no lleva a la muerte. Hay un pecado que sí lleva a la muerte, y en ese caso no digo que se ore por él. Toda maldad es pecado, pero hay pecado que no lleva a la muerte.

Sabemos que el que ha nacido de Dios no está en pecado: Jesucristo, que nació de Dios, lo protege, y el maligno no llega a tocarlo. Sabemos que somos hijos de Dios, y que el mundo entero está bajo el control del maligno. También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna. Queridos hijos, apártense de los ídolos. (1 Juan 5:13-21)

Al igual que el pasaje anterior, este es uno de los textos más importantes de esta carta. En esta parte también tenemos el texto que define el propósito de esta epístola: 5:13; si este logro no se alcanza, de nada sirve todo lo anterior. Dos cosas nos llaman la atención en este pasaje, textos 13-21: La seguridad de la salvación y el pecado de muerte; dos temas bastante amplios.

Hablemos de salvación:
¿En qué consiste la salvación? Consiste en el hecho de entrar en un estado de paz con Dios (justificación), de ser liberado de las consecuencias de nuestros pecados, de haber pasado de muerta a vida, de haber experimentado el nuevo nacimiento (regeneración) para una vida en Dios, de ser liberados del poder del pecado (santificación) y de tener asegurada la vida eterna con Dios. En otras palabras, salvación es recibir la oferta de vida para estar eternamente al lado de Dios.
¿Cómo se logra la salvación? Sencillamente por creer en Jesucristo y tenerle en el corazón. El versículo 13 está conectado con el versículo 12 (leer). Observemos que el énfasis de Juan en sus escritos es “creer”; en ningunos de sus cinco escritos Juan utiliza la palabra “fe” en relación con nuestra salvación (excepto en 1 Juan 5:4); Pablo sí la usa en todos sus escritos. Pero Juan quiere dar énfasis en una “fe activa y objetiva”, es decir, “creer”; esto descarta una fe pasiva o contemplativa para nuestra salvación. Y la pregunta aquí no es “en qué creer”, sino “en quien creer”; esto también implica que nuestra relación no es con una fe, doctrina o creencia, sino con una persona: Jesucristo. De fe, doctrinas o de creencia podríamos equivocarnos en algún momento y quizás no pase a mayores consecuencias; pero si nos equivocamos de personaje, ¡Huy! bastante grave. Esto es clave para la seguridad de nuestra salvación.
¿Cómo sabemos que somos salvo? El apóstol Juan no deja ninguna duda o incertidumbre sobre este aspecto en esta carta; él dice: “…para que sepáis que tenéis vida eterna…”. Observemos bien; no es que si uno creer en Cristo, posiblemente sea salvo. Ni Juan, ni ninguno otro escritor bíblicos deja abierta esa posibilidad. Jesús mismo afirma la seguridad de la salvación por creer en él (Jn. 3:36). Muchos encuentran pasajes en la Biblia que supuestamente contradice esto, pero es importante revisar detenidamente a qué aspecto de la salvación o de la persona salva se refieren esos texto. De otro lado es importante tener en cuenta que nadie es “salvo, siempre salvo”; es decir, nadie nació siendo salvo y será salvo sin importar como viva; uno es salvo únicamente si decide creer en Jesús y a partir de allí si hay nuevo nacimiento por el Espíritu Santo, Jesús le asegura su salvación y permanencia en ella por medio del proceso de la santificación. Para los niños que no tienen la capacidad de creer, Jesús tiene una manera particular para la salvación de ellos, en caso que no lleguen a crecer hasta el punto de tener la capacidad para creer. Hay mucho más sobre el tema pero dejamos hasta aquí; recuerde: Creer y saber (v.13).
Hablemos ahora del pecado de muerte; intentaremos ser breves:
En Mateo 12:31 dice que: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu Santo no le será perdonada”. Desde un punto de vista, algunos relacionan este texto con el “pecado de muerte” (5:16), aunque Juan no define en qué consiste ese pecado. Ahora bien, el pecado es un acto cometido por no creyentes, bien en hechos o bien en palabras.
En hechos:
– Creerse sin pecado y no sentir la necesidad de Dios;
– Cerrar el corazón al llamado de Dios para arrepentimiento;
– No haberse convertido a Cristo (3:14).
– Negarse libre y conscientemente al perdón y a la misericordia de Dios (Prov. 28:13);
– Tener el espíritu del anticristo;
– Vivir una vida de libertinaje moral.
En palabras:
– Atribuir a Satanás un hecho realizado por Dios-Cristo-Espíritu Santo (Mt. 12:24, 31);
– Negar la encarnación de Jesús (4:3); gnosticismo.
– Negar la verdad y el testimonio dado por el Espíritu (5:6-11).
Recordemos que la encarnación de Cristo fue un acto realizado por el Espíritu Santo. ¿Habrá la posibilidad de que una persona en las condiciones anteriores sea salva? En este caso estaríamos hablando de persona que no son creyentes o son supuesto creyente dentro de la iglesia y en total conciencia de lo que hacen o dicen.
Desde otro punto de vista, “pecado de muerte” aquí se refiere a un acto consciente cometido por un creyente, acto que le conlleva a la muerte física y no a la condenación eterna, como en el caso de Ananías y Safira (Hechos 5:1-11); igual los creyentes que participaban de la Cena del Señor indignamente (1 Cor. 11:27-30). Creemos que estos hermanos fueron salvo, pero cometieron pecado de muerte. Entonces aquí no estaríamos hablando de la “blasfemia contra el Espíritu Santo”, sino de otro tipo de pecado que el apóstol no nos define. Quizás se trate de una deshonra a Dios, de una falta de reverencia, de mentirle a Dios (con nuestras ofrendas como el caso de Ananías y Safira), enojarse contra Dios (como el caso de Moisés ante la roca), encabezar un rebelión contra una autoridad legalmente establecida (como el caso de Absalón, hijo de Salomón), tomar la Cena del Señor indignamente (como en el caso de los corintios). A primera vista pareciera que la “injusticia” (v.17) y la idolatría (v.21) son pecados de muerte; en este contexto no está claro.
Juan le escribe a personas a quienes él muchas veces llamó “hijitos míos”; él no le iba a decir así a un falso creyente o a uno que no se había convertido. Creemos que a lo anterior se refiere nuestro texto de hoy. Ahora, hay otros pecado que el apóstol dice “no son de muerte”; tampoco los define, pero que siendo cometidos por creyentes verdaderos, no afectan su salvación pero sí su vida física, si persisten en ese tipo de pecado; por esos pecador recomienda orar. Esos pecados podrían estar relacionados con ciertos malos hábitos que a la larga traen ataduras y problemas físicos, emocionales y mentales, que afectan nuestro vivir plenamente como hijos de Dios, dando honra y gloria a él.
El apóstol se despide con un ruego muy especial: “Hijitos, guardaos de los ídolos”; recordemos que “la idolatría es la mayor de las ofensas contra la dignidad de Dios”; necesitamos atender al mandamiento de “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Ex. 20:3); y ese ídolo no necesariamente es un icono o imagen religiosa.
Finalmente, de una cosa todos debemos estar seguros: Aquel que fue engendrado por Dios nos guarda y el maligno no nos toca (4:18b). ¿Cuántos alabamos a Dios por esto? En esta carta el apóstol tiene varios textos que nos muestran evidencias que nos dan garantía de este hecho:
– La presencia del Espíritu Santo en nosotros (3:24);
– Nuestro amor y obediencia a Dios (2:3–5; 5:2, 3);
– Nuestra conducta justa delante de los demás (2:29; 3:6, 9);
– Nuestra victoria sobre la mundanalidad (4:4; 5:4, 5);
– El conocimiento y la unción que tenemos de Dios (2:20, 21, 27; 4:6);
– Nuestro amor a los demás demostrado en acciones prácticas (3:13, 17, 18);
– Nuestra firme confianza y respuestas de Dios a nuestras oraciones (3:19–22; 5:14, 15).
¿Será que alguien quien tiene estas cosas en su vida, podría perder su salvación? ¿Es usted un verdadero creyente? ¿Confía en que Cristo le guarda? ¿Qué tan confiable es el cuidado de Cristo, o será que en un (supuesto) descuido de él, usted se podría escapar y perderse? ¿Si eso pasara, de quien sería la culpa? ¡Señor, yo confío en que eres capaz de guardarme!
Creemos en Cristo para nuestra salvación; sabemos que tenemos vida eterna y sabemos que Aquel que fue engendrado por Dios, nos guarda.

Feliz y bendecido día para todos los que alcancen a leer, gustar y comentar esta reflexión.

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