Hoy viviré por fe

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.

Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros.

Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. (2 Corintios 4:7-17)

Uno de los propósitos por los que el apóstol escribe esta nota, es para resaltar el hecho que nosotros cuando proclamamos el evangelio, nos convertimos en las personas más vulnerables, indefensas e impotentes frente a las reacciones de nuestro gran enemigo, “el dios de este siglo” (4:4, 11, 12); todo por causa del evangelio.

Con su reacción el enemigo hace al menos cuatro cosas:
– Ciega el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio; esto hace más difícil la evangelización (4:4);
– Intenta hacer que prediquemos de nosotros mismos, de nuestros sentimientos, de pensamientos, de nuestras filosofías humanas, de nuestro orgullo personal y/o de las cosas que nos enorgullecen (4:5a);
– Impedir que prediquemos de Jesucristo como el Señor y de que nosotros somos sus siervos (4:5b).
– Quiere dejar ver que él puede maltratarnos o derrotarnos y que Jesucristo no hará nada para defendernos.

Una vez el Señor dijo: “No te dejaré, ni te desampararé” (Is. 41:10; Heb. 13:5b); pero el enemigo con toda su lista de problemas que nos trae, quiere hacernos creer que lo que el Señor dijo no es cierto. ¿A quién le creemos, al enemigo o a Dios?

El enemigo a veces nos pone a dudar del poder de Dios a favor de nosotros; nos hace preguntarnos: Si Dios está conmigo siempre y como dice en su Palabra, ¿Por qué me pasa esto o aquello? ¿Cómo Dios me demuestra que de verdad está conmigo? Pero observemos esto: Si la sola duda le quitó el habla a Zacarías (Lc. 1:18-20), imagínese lo que puede causar nuestra incredulidad a su Palabra; más vale que nos callemos, antes de que Dios nos quite el habla y algo más.

Con lo anterior el apóstol quiere resaltar lo difícil que es el lado humano del ministerio, pero también, LA GRANDEZA DEL DIOS A QUIEN SERVIMOS y como ese poder nos sostiene en medio de toda esa adversidad. Resalta también el hecho que lo que llevamos por dentro es lo que vale; somos como el vaso de alabastro que la mujer rompió para con su contenido ungir el cuerpo del Señor (Mr. 14:3-5). Judas y otros no le puso precio a la vasija; le pusieron precio al contenido.

El apóstol nos enseña varias verdades para aclarar nuestra situación:
– Somos vasos de barro (frágiles), pero que llevamos por dentro un tesoro (el evangelio) 4:7a.
– Ese vaso de barro tendrá que romperse para que el tesoro del evangelio bendiga (salve) a todos.
– Con nuestra fragilidad, es el poder de Dios el que nos sostiene (nos cuida); no el nuestro. 4:7b.
– En todas las situaciones difíciles, el enemigo nos hace ver como perdedores; pero es no es cierto; somos de bendición para otros (4:8-13).
– Todas las dificultades que vivimos son para que la vida de Jesucristo se manifieste en nosotros y en los demás creyentes (4:11-12, 15).
– Hay una palabra dicha y escrita de parte de Dios, la cual debemos creer y confesar (4:13-14); no a lo que nos quiera hacer creer el enemigo.
– Aunque nuestro cuerpo exterior (el vaso de barro) se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día (4:16b).
– Las cosas que sufrimos ahora son temporales (pasajeras); sin embargo, producen en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria (4:17).

Dos veces el apóstol afirma: “No desmayamos (4:1, 16); esto porque él sabe que Dios jamás se cruzará de brazos, dejando que a uno de los suyos que lleva el preciado tesoro (predica el evangelio) el enemigo lo derrote. A otros hermanos Pablo les dijo: Antes, en todas estas cosas SOMOS MAS QUE VENCEDORES por medio de Aquel que nos amó (Rom. 8:37).

¿Le creemos a Dios? Entonces hablemos, sigamos predicando el evangelio o mensaje de vida eterna a todos y en todas partes, sin importar lo que el enemigo quiera hacer ver o hacernos sentir. Si no le creemos a Dios, entonces es mejor callar, porque por nuestras palabras seremos juzgados (Mt. 12:36-37); porque todo lo que no proviene de fe, es pecado (Rom. 14:23b). Si la sola duda a lo que Dios dice quita el habla (Lc. 1:18-20), imagínese lo que puede causar la incredulidad.

Feliz y bendecido día para todos.

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