Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Sucedió que cuando el rey ya moraba en su casa, y el Señor le había dado descanso de sus enemigos por todos lados, el rey dijo al profeta Natán: Mira, yo habito en una casa de cedro, pero el arca de Dios mora en medio de cortinas. Entonces Natán dijo al rey: Ve, haz todo lo que está en tu corazón, porque el Señor está contigo. Y sucedió que esa misma noche la palabra del Señor vino a Natán, diciendo: Ve y di a mi siervo David: Así dice el Señor: «¿Eres tú el que me va a edificar una casa para morar en ella? Pues no he morado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los hijos de Israel hasta hoy, sino que he andado errante en una tienda, en un tabernáculo. Dondequiera que he ido con todos los hijos de Israel, ¿hablé palabra a alguna de las tribus de Israel, a la cual haya ordenado que pastoreara a mi pueblo Israel, diciendo: «¿Por qué no me habéis edificado una casa de cedro?» Ahora pues, así dirás a mi siervo David: Así dice el Señor de los ejércitos: «Yo te tomé del pastizal, de seguir las ovejas, para que fueras príncipe sobre mi pueblo Israel. Y he estado contigo por dondequiera que has ido y he exterminado a todos tus enemigos de delante de ti, y haré de ti un gran nombre como el nombre de los grandes que hay en la tierra. Asignaré también un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré allí a fin de que habite en su propio lugar y no sea perturbado de nuevo, ni los aflijan más los malvados como antes, y como desde el día en que ordené que hubiera jueces sobre mi pueblo Israel; te daré reposo de todos tus enemigos, y el Señor también te hace saber que el Señor te edificará una casa. Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti, el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo estableceré el trono de su reino para siempre.  Yo seré padre para él y él será hijo para mí. Cuando cometa iniquidad, lo corregiré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres, pero mi misericordia no se apartará de él, como la aparté de Saúl a quien quité de delante de ti. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre delante de mí; tu trono será establecido para siempre.»  Conforme a todas estas palabras y conforme a toda esta visión, así habló Natán a David.

Entonces el rey David entró y se sentó delante del Señor y dijo: ¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí? Y aun esto fue insignificante ante tus ojos, oh Señor Dios, pues también has hablado de la casa de tu siervo concerniente a un futuro lejano. Y esta es la ley de los hombres, oh Señor Dios. ¿Y qué más podría decirte David? Pues tú conoces a tu siervo, oh Señor Dios». (2 Samuel 7, 1 – 20)

Este es uno de los capítulos más grande e importante de todo el Antiguo Testamento; pues a partir de allí, casi todo el mensaje lírico, poético y profético referente a la monarquía de Israel, su futuro y la esperanza mesiánica, se fundamenta en este pasaje bíblico (Sal. 89:34-37; Jer. 23:5). Los escritores del Nuevo Testamento también tienen muy presente este capítulo en su presentación de Jesús como el Hijo de David, el Mesías, el Rey prometido y eterno (Lc. 1:30-32; Ap. 22:16). Hay cerca de 59 referencias a este punto en el Nuevo Testamento.

En la Biblia encontramos que Dios hizo con el hombre en el pasado distintos tipos de pacto; unos con individuos y otros con el pueblo de Israel; unos condicionados y otros incondicionales; pero todos ellos de incidencia y trascendencia a más allá de la persona, pueblo y tiempo. Por ejemplo: Mientras que el pacto con Abraham garantiza para Israel un nombre y un territorio para siempre (Ge. 13:15; 1 Cro. 16:15-18), el pacto con David garantiza un trono y un reino para siempre (2 S. 7:16). Cada pacto representa un propósito divino, al tiempo que expresa una promesa de Dios, que proféticamente anuncia, anticipa y garantiza a los involucrados un futuro de bendición. Se registran básicamente ocho pactos en la Biblia.

David había tomado a Jerusalén, una ciudad de los Jebuseos (5:6) y la había convertido en la capital del reino de Israel. Luego Hiram, rey de Tiro, le construyó a David una hermosa casa de finas maderas (5:11). Cuando David ya había derrotado al último enemigo de la tierra conquistada (los filisteos), se tomó un tiempo de reposo con toda la tierra y entonces nace la iniciativa de la construcción de un templo para adorar a Dios.

La iniciativa de construir un templo en Jerusalén no nació en Dios, ni en el corazón del pueblo de Israel, ni fue una revelación dada al profeta; nació en el corazón piadoso de un verdadero adorador: David. Pero David no empezó la obra de construcción sin antes consultar con el profeta Natán, a quien inicialmente le dio su total aprobación; pero luego Dios le hace saber, que en todo el tiempo que él ha estado con ellos no ha necesitado templo. En el texto paralelo de 1 Crónicas 17:2, la palabra que recibe Natán de Dios para David es contundente: “Tú no me edificarás casa en que habite”; pero a cambio le da una promesa que aquí se considera una palabra de “pacto de Dios con David”, en el sentido que un hijo suyo construiría el templo y que su reino sería afirmado para siempre (2 S. 7:14-16).

En este texto, “uno de tu linaje” se refiere inicialmente a Salomón; sin embargo y de acuerdo a la palabra de los profetas posteriores, la persona y el reino se extiende más allá de Salomón y de Israel. Salomón no estaría para siempre, el trono sí; Salomón no fue llamado hijo de Dios, Jesús además de ser llamado Hijo de David, fue llamado Hijo de Dios (Lc. 1:32; Rom. 1:3-4). Ciertamente se necesitaba un hombre de paz y con las manos limpias para construir el templo y con Salomón se estableció una época de paz y prosperidad (1 R. 4:20-25); el nombre de “Salomón” significa “Pacífico”; pero el que de verdad tiene las manos limpias, establece la verdadera paz y la verdadera prosperidad es Jesucristo (Jn. 14:27; Ef. 2:14-15); la paz que hubo durante Salomón solo fue en su época, porque después la historia nos habla de continuas guerras aun entre pueblos hermanos; la paz del Mesías (Cristo) no tendrá límite (Is. 9:7).

El pacto de Dios con David no se limita solo a su descendencia ni solo a Israel; Jesús, el verdadero Rey eterno, hace extensiva a todos nosotros las palabras de este pacto. Ahora somos declarados “hijos de Dios” por recibir y creer en Jesús (Jn. 1:12); somos declarados “linaje escogido, reyes y sacerdotes” de Dios (1 P. 2:9; Ap. 5:10), privilegio que jamás tuvo persona alguna en el Antiguo Testamento, excepto Melquisedec y ahora Cristo. Finalmente ahora, por un lado cada uno de nosotros somos declarados “templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros”, es decir, nosotros (1 Cor. 6:19-20); y por otro lado, todos estamos siendo “edificados como casa espiritual y sacerdocio santo” con Cristo como la principal piedra del ángulo, piedra vida y escogida por Dios (1 P. 2:5). ¡Qué bendición!

Que todas las bendiciones explícitas e implícitas de las promesas firmes a David, sean con todos nosotros ahora y siempre.