Pr. Manuel Gamboa

Jesús se fue con él, y lo seguía una gran multitud, la cual lo apretujaba. Había entre la gente una mujer que hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho a manos de varios médicos, y se había gastado todo lo que tenía sin que le hubiera servido de nada, pues en vez de mejorar, iba de mal en peor. Cuando oyó hablar de Jesús, se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. 28 Pensaba: «Si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana». Al instante cesó su hemorragia, y se dio cuenta de que su cuerpo había quedado libre de esa aflicción.
Al momento también Jesús se dio cuenta de que de él había salido poder, así que se volvió hacia la gente y preguntó:
―¿Quién me ha tocado la ropa?
―Ves que te apretuja la gente —le contestaron sus discípulos—, y aun así preguntas: “¿Quién me ha tocado?”
Pero Jesús seguía mirando a su alrededor para ver quién lo había hecho. 33 La mujer, sabiendo lo que le había sucedido, se acercó temblando de miedo y, arrojándose a sus pies, le confesó toda la verdad.
―¡Hija, tu fe te ha sanado! —le dijo Jesús—. Vete en paz y queda sana de tu aflicción. (Marcos 5:24-34)

Tenemos aquí el caso de una mujer enferma, cuyo mal era casi igual a sufrir de lepra. De la lectura de este texto podemos hacer un diagnóstico de la situación física y social de esta mujer, que es muy poco diferente a la de un leproso:
– La naturaleza de su enfermedad: “Flujo de sangre”.
– El efecto físico de su enfermedad: “Azote” (v.34).
– El efecto social de su enfermedad: ¡Inmunda! (Lev. 15:19-33).
– El tiempo que llevaba de su enfermedad: “Doce años”.
– El tratamiento de su enfermedad: (Sufrimiento) “Sufrido mucho a mano de muchos médicos”.
– El costo de su tratamiento: “Gastado todo lo que tenía”.
– Los resultados de su tratamiento: “Nada había aprovechado, antes le iba peor”.
Ahora pensemos un poco en su situación familiar, en su situación social, en su situación sentimental como mujer, en su situación laboral y de realización personal; en su situación religiosa para entrar al templo o a una sinagoga y otras situaciones más. ¿Qué esperanzas para el futuro podría tener esta mujer en su condición y por la clase de enfermedad que sufría? Sin esperanza de la ciencia médica; sin esperanza de soñar con una familia propia; sin esperanza de ver su situación económica mejorada; sin esperanza total para lograr algún sueño.
En una situación como la de esta mujer, alguien podría salir con la idea de: ¿Para qué seguir viviendo? ¿Qué sentido tiene una vida así? Mira cuánto le está costando su enfermedad a la familia y a la sociedad. Ciertamente, el sentimiento natural y humano es aferrarnos a la vida sea como sea; el pensamiento y propuesta del enemigo es que ‘acabemos con esto porque no hay razón para seguir viviendo’; pero el propósito y plan de Dios se expresa en las palabra de Jesús cuando dijo: “Porque el Hijo de Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10) y “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10b). En el texto anterior no solo se piensa en el hombre como un ser perdido, sino también en lo que el hombre perdió por su pecado en el Edén; Jesús vino no solo para salvarnos, sino también, para rescatar todo aquello que se había perdido y ponerlo de nuevo a nuestra disposición (Is. 53:4-5; 55:1-3).
El enemigo tiene muchas maneras de quitarle la bendición a muchos, especialmente a través de vicios o enfermedades, como el caso de esta mujer y otra más, la que nos cuenta Lucas 13:1-16. Pero aquí es importante notar algo: ¿Cómo llegó esta mujer a tener fe para ser sana? Miremos lo importante que es hablar de Jesús y de lo que él ha hecho en nuestra vida. Esta mujer “oyó hablar de Jesús” (v.27) y algo pasó en ella (la fe viene por el oír la palabra de, acerca de Cristo, según Romanos 10:17; ver texto en griego); la fe (y la esperanza) surgió en esta mujer por solo oír hablar de Jesús; de inmediato pensó, en seguida actuó (Mc. 5:27-29) y el milagro ocurrió.
La mujer sabía que Jesús iba de prisa para salvar la vida de alguien quien tenía más futuro que ella, pero se dijo, ésta es mi oportunidad y frenó la prisa de Jesús para alcanzar su milagro. ¡Gloria a Dios! Aquí vemos un caso en el que la misericordia y el poder de Dios están siempre en acción, para bendecir la vida presente del(la) que tiene fe. De la manera como describen los evangelistas este caso, la sanidad de esta mujer no fue la intención de Jesús (v.30); la sanidad de esta mujer no fue la respuesta a una petición verbal de ella o de alguien. La fe de esta mujer puso a su favor la misericordia y el poder de Jesús antes de que él se diera cuenta (así se percibe).
De nuevo aquí el proceso: La mujer oyó hablar de Jesús, oír de Jesús despertó su fe; su fe le hizo actuar; vino por detrás entre la multitud, tocó el manto de Jesús y recibió su sanidad total; la mujer dio su testimonio de sanidad (confesión) y recibió la aprobación (“hija”), el reconocimiento (“tu fe te ha hecho salva”) y finalmente la bendición de labios de Jesús (“ve en paz, y queda sana de tu azote”).
La verdadera fe hace que pasen cosas a nuestro favor; en la medida que oímos, leemos, estudiamos, aprendemos y obedecemos la palabra de Dios, crecemos en fe y fe que pone a nuestro favor toda la misericordia y el poder de Dios.

Feliz y bendecido día para todos.

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