Pr. Manuel Gamboa

Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron. De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir, pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen. Entonces vendrá el fin, cuando él entregue el reino a Dios el Padre, luego de destruir todo dominio, autoridad y poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será destruido es la muerte, pues Dios «ha sometido todo a su dominio». Al decir que «todo» ha quedado sometido a su dominio, es claro que no se incluye a Dios mismo, quien todo lo sometió a Cristo. Y, cuando todo le sea sometido, entonces el Hijo mismo se someterá a aquel que le sometió todo, para que Dios sea todo en todos.

Si no hay resurrección, ¿qué sacan los que se bautizan por los muertos? Si en definitiva los muertos no resucitan, ¿por qué se bautizan por ellos? Y nosotros, ¿por qué nos exponemos al peligro a todas horas? Que cada día muero, hermanos, es tan cierto como el orgullo que siento por ustedes en Cristo Jesús nuestro Señor. ¿Qué he ganado si, solo por motivos humanos, en Éfeso luché contra las fieras? Si los muertos no resucitan, «comamos y bebamos. No se dejen engañar: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres». Vuelvan a su sano juicio, como conviene, y dejen de pecar. En efecto, hay algunos de ustedes que no tienen conocimiento de Dios; para vergüenza de ustedes lo digo.

Tal vez alguien pregunte: «¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vendrán?» ¡Qué tontería! Lo que tú siembras no cobra vida a menos que muera. No plantas el cuerpo que luego ha de nacer, sino que siembras una simple semilla de trigo o de otro grano. Pero Dios le da el cuerpo que quiso darle, y a cada clase de semilla le da un cuerpo propio. No todos los cuerpos son iguales: hay cuerpos humanos; también los hay de animales terrestres, de aves y de peces. Así mismo hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero el esplendor de los cuerpos celestes es uno, y el de los cuerpos terrestres es otro. Uno es el esplendor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas. Cada estrella tiene su propio brillo.

Así sucederá también con la resurrección de los muertos. Lo que se siembra en corrupción resucita en incorrupción; lo que se siembra en oprobio resucita en gloria; lo que se siembra en debilidad resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual.

Si hay un cuerpo natural, también hay un cuerpo espiritual. Así está escrito: «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente»; el último Adán, en el Espíritu que da vida. No vino primero lo espiritual, sino lo natural, y después lo espiritual. El primer hombre era del polvo de la tierra; el segundo hombre, del cielo. Como es aquel hombre terrenal, así son también los de la tierra; y como es el celestial, así son también los del cielo. Y, así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial. Les declaro, hermanos, que el cuerpo mortal no puede heredar el reino de Dios, ni lo corruptible puede heredar lo incorruptible. Fíjense bien en el misterio que les voy a revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad. Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?». El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano.« (1 Corintios 15:20-58)

El capítulo 15 de 1 Corintios ha sido históricamente uno de los capítulos más importantes de todo el Nuevo Testamento, ya que se constituye en la respuesta a la primera herejía presentada en la iglesia en sus inicios; esa herejía tenía que ver con la negación de la resurrección corporal de Nuestro Señor Jesucristo y nuestra propia resurrección. Notemos que este tema es contenido fundamental del evangelio (15:14); nuestra justificación delante de Dios solo se logra por su resurrección de Jesús (Rom. 4:25; 1 Cor. 15:17).

Las herejías que contaminaron la fe los creyentes de Corinto venían de varias fuentes:
– Del Estoicismo, que enseñaba que el alma se unía a la deidad al morir y llegaba a ser uno con ella.
– Del Epicureísmo, que enseñaba que la muerte era el final de la existencia humana.
– Del Platonismo, que enseñaba que las almas son inmortales y que estas se incorporan en seres humanos.

De hecho, todas estas herejías negaban la resurrección, porque desde cualquiera de estas perspectivas, la resurrección no tenía sentido ni razón de ser. Más adelante aparecería la herejía gnóstica con gran fuerza dentro de la iglesia, enseñando que el cuerpo de Jesús no era un cuerpo físico (de carne y sangre), sino una apariencia de cuerpo, puesto que Dios siendo espíritu puro, no podía habitar en cuerpo material, que es inherentemente malo.
En los primeros versículos de este capítulo, el apóstol escribió acerca de las pruebas de la resurrección; a partir de este versículo (20), escribe sobre la proclamación, el programa, el modelo y el poder transformador de la resurrección.
Los versículos 20-28 son un énfasis en la proclamación de la resurrección. ¿Cuál es el contenido de esta proclamación?
– Que Cristo es la primicia de nuestra resurrección (15:20);
– Que Cristo es quien abre las puertas a la vida por la resurrección (15:21-23);
– Que Cristo es el vencedor final sobre toda potencia (15:24);
– Que Cristo es ahora nuestro Rey (15:25);
– Que Cristo es el vencedor del último enemigo (15:26);
– Que Cristo es quien recibe el control de todas las cosas (15:27).
– Que al final, cuando todas las cosas estén sujetas a Cristo, el entregará el reino al Padre y el mismo se sujetará al que le dio poder sobre todas las cosas: Dios. (15:28).

Los versículos 29-50 dan énfasis en cómo ocurrirá la resurrección, pero comienza con un tema que es bastante polémico, sin profundizarlo en lo más mínimo. Ni antes ni después Pablo habló del tema, pero no creemos que en algún momento la iglesia practicara ese rito y menos que hubiese alguna doctrina al respecto. Sin embargo, se sabe que entre los griegos existía el concepto de una especie de bautismo por los muertos. Parece que esta práctica era con la esperanza de que el rito purificara a los muertos que no hubieran sacrificado a los dioses. Más adelante esta práctica fue adoptada por grupos de pseudo cristianos gnósticos y con el mismo propósito. Desde esta perspectiva pareciera contrario usar este argumento para hablar de la resurrección.
Existe en algunos grupos hoy la idea de que la salvación se logra alcanzando ciertos pasos y que el bautismo es uno de esos pasos; sin embargo, en la Biblia no se dan pasos para ser salvo.
Creemos que el bautismo es una demostración y testimonio de nuestra identificación con Cristo y con su misión en el mundo, pero no que tenga algo que ver con la salvación. Y si se tiene la idea de que el bautismo es para pertenecer a la iglesia, eso está bien, pero eso tampoco hace salvo a la persona. Hay un solo paso para ser salvo: Creer (Jn. 3:16; Hch. 16:31; Ef. 2:8).
Este texto (v.29) como argumento a favor de la resurrección se podría entenderse mejor si se conecta con los versos 12-19. La idea es: Si nosotros no vamos a resucitar como resucitó Cristo, ¿Qué sentido tiene que nos bauticemos en nombre de un muerto que se llamó Jesús, si al fin y al cabo no nos vamos a ver ni con él ni con nuestros hermanos muertos? Aquí el sentido de lo que ellos estaban haciendo sería, bautizarse, no en lugar o en favor de un muerto (creyente), sino en nombre de un muerto (Jesús). Bueno, esta es una manera personal (no documentada) de aportar el tema. También hay quienes piensan que se trata de un bautismo clínico o emergente, donde la muerte era inminente, no para pertenecer a la iglesia de los vivos, sino a la iglesia de los muertos. Tema difícil de entender (2 Pedro 3:16).
La expresión “cada día muero” (v.31) confirma la confianza del apóstol en la verdad que ha venido explicando, sobre la esperanza de la resurrección. El versículo 32 hace alusión a la filosofía epicureista. Los versículos siguientes explican cuál es el modelo de resurrección que finalmente tendremos.
Aquí los versículos 51-58 nos hablan de poder la resurrección. El apóstol dice que tanto los que estén muertos como los estén vivos “todos (serán) seremos transformados”; esta es la palabra clave en estos versículos: Transformación. ¿Por qué y cuándo ocurrirá esto? Por la resurrección y al toque de la final trompeta; el día en que la muerte y el sepulcro pierden totalmente su poder, porque son vencidos por Aquel que resucitó. El versículo 58 es la conclusión y sello final al tema.
El contenido de nuestra predicación, nuestra fe y nuestra esperanza es nuestra resurrección corporal final, así como Cristo resucito para la vida eterna.

Feliz y bendecido día para todos.

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