Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

«Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros; Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación. Te alaben los pueblos, oh Dios;Todos los pueblos te alaben. Alégrense y gócense las naciones,Porque juzgarás los pueblos con equidad, y pastorearás las naciones en la tierra. Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te alaben. La tierra dará su fruto; nos bendecirá Dios, el Dios nuestro. Bendíganos Dios, y témanlo todos los términos de la tierra. » (Sal. 66, 1 – 7)

Los salmos 65, 66 y 67 son para algunos biblistas salmos de carácter nacional y están relacionados con la cosecha; se cantaban especialmente en Pascua, Pentecostés y Tabernáculos. Este salmo es una petición del pueblo inspirada en la bendición sacerdotal (67:1). “Resplandecer su rostro” significa que Dios muestre una sonrisa de aprobación a la petición de su pueblo. Lo opuesto es cuando Dios esconde su rostro.

La invitación aquí no solo es para alabar a Dios por las bendiciones recibidas y que dan bienestar a la vida total, es también para hacer saber a las naciones que la salvación sólo viene de Dios y para que ellas también alaben a Dios (67, 2-4); aquí está implícita la gran comisión de Jesús a sus discípulos (Mt. 28, 18-20).

En contraste con las religiones paganas de aquel tiempo que adoraban la naturaleza, el salmista da énfasis en este canto para decir que a quien se debe alabar es a Dios, quien a través de la naturaleza nos bendice con buenos y abundantes frutos (67: 6, 7).

Ante las bendiciones que Dios derrama sobre su pueblo, solo nos queda levantar alabanzas a su nombre. La bendición nunca es un fin en sí misma; es para que otros conozcan a Dios y se unan en alabanza y adoración a Dios junto con nosotros. Esta es tarea de todos.