Pastor Tom Stipe
Pastor Tom Stipe

Nunca se me ocurrió que alguna vez me involucraría en algo espiritualmente destructivo; sin embargo, eso es exactamente lo que había sucedido cuando alcancé el nivel espiritual más bajo en mi ministerio pastoral. ¿Cómo pude dejar que las cosas fueran tan lejos?

Nunca se me ocurrió que alguna vez me involucraría en algo espiritualmente destructivo; sin embargo, eso es exactamente lo que había sucedido cuando alcancé el nivel espiritual más bajo en mi ministerio pastoral. ¿Cómo pude dejar que las cosas fueran tan lejos?

Desde mi perspectiva, servir en la junta directiva de nuestra denominación siempre había sido un privilegio. Mi esposa y yo cultivamos amistades profundas con los demás líderes. Juntos viajamos a diversos países, plantamos iglesias y compartimos una visión para el ministerio. Guiados por un líder nacional respetado, nos consideramos ancianos de lo que rápidamente se estaba convirtiendo en una nueva denominación. Manteníamos un sentido unificado de misión y propósito mientras nos dedicábamos a lo que creíamos que Dios nos guiaba a hacer.

Una semana, durante una conferencia sobre liderazgo en el oeste de Estados Unidos, varios de nosotros recibimos una invitación para concurrir a una reunión privada. Nos iban a presentar a los «profetas», candidatos a tener un gran impacto sobre el futuro de nuestro movimiento. Dado que ya estábamos entusiasmados sobre el uso de los dones espirituales para mejorar la vida de la iglesia contemporánea, nuestra curiosidad nos movió a aceptar la invitación a esta reunión tan importante. Entramos a la sala, nos instalamos en nuestros asientos y nos preparamos para ver qué tenía el Señor para nosotros.

Los profetas nos informaron que, en los últimos días, el Señor estaba restaurando en la iglesia el ministerio constituido por: apóstoles, profetas, pastores, maestros y evangelistas. Se nos desafió a aceptar la llegada de apóstoles y profetas, dado que la iglesia de hoy ya contaba con numerosos maestros, pastores y evangelistas. Esta llegada conduciría al avivamiento final y más grande del mundo.

Los profetas nos revelaron que nosotros habíamos sido escogidos como las personas y el movimiento que conduciría a los cristianos a la última muestra de poder en los últimos días. Se nos informó que uno de tales profetas había sido comisionado por Dios para encontrar el liderazgo y el ministerio apostólico que, junto con el profético, proporcionaría la base para este nuevo impulso de unción en los últimos tiempos. Dios le había revelado al «profeta» que él y nuestra denominación eran los escogidos.

Todo sonaba embriagador. Después de luchar con las obligaciones cotidianas del ministerio y nuestros temores de incapacidad, esto era exactamente lo que queríamos escuchar. Que se nos dijera que nuestras luchas y nuestros sacrificios nos habían hecho especiales a los ojos de Dios era reconfortante. Nos asimos de la promesa de que cosas espectaculares seguirían al inicio de este nuevo paso de Dios.

Escuchamos con atención los halagos de nuestros nuevos amigos, los profetas. Nuestro escepticismo apenas asomó por encima de la superficie de nuestra conciencia y luego desapareció por completo en la reunión, cuando uno de ellos nos individualizó y procedió a revelar en detalle los secretos de nuestras vidas. Ahora ellos realmente tenían nuestra atención. ¿Cómo podían no ser de Dios? Una después de la otra, estas «palabras del Señor» tan certeras parecían ser la confirmación perfecta de todo lo que proponían. Quedamos completamente convencidos de la validez de esta unción profética. ¿De qué otra manera hubiéramos podido explicar su habilidad de «ver» nuestra niñez e historia personal mediante sus dones de profecía?

Regresamos a nuestras iglesias locales con las mentes bien abiertas a esta nueva etapa en el crecimiento de nuestro movimiento. Durante los meses que siguieron, muchos de nosotros recibimos una plétora de «profecías personales» prediciendo nuestros futuros roles, puestos y triunfos en el nuevo movimiento de Dios. Había palabras de profecía para nuestros ministerios, para sus ubicaciones y crecimiento, profecías acerca de la gran «restauración» venidera y nuestro importante papel en ella. Algunos «videntes» dirigían a la gente con regularidad a su «lugar de unción». Los receptores de tal consejo preparaban inmediatamente sus maletas y se marchaban en fe, confiados en que las predicciones de triunfo en el ministerio se harían realidad. Los profetas comenzaron a llamar por teléfono a los pastores comunicándoles palabras provenientes directamente de Dios, que indicaban cambios de personal y ajustes en políticas y prácticas de la iglesia. Ungieron a individuos para ministerios de sanidad y realizaron unciones apostólicas. Luego, en lugar de esperar que los profetas llamaran, los pastores comenzaron a llamar a los profetas para pedirles predicciones, instrucciones y consejos.

Se les prometió a los músicos y los laicos de la iglesia tener el nivel de estrellas si permanecían fieles al plano profético que se abría ante nuestro movimiento.

No obstante, algunos de los líderes comenzaron a manifestar preocupación e inquietud. Habían visto a varias personas desarraigar a sus familias y viajar grandes distancias a la «tierra de su unción», fracasar y luego culpar a Dios. Pastores adjuntos y otros líderes eran erróneamente despedidos, acusados y condenados por un sueño o una profecía que los culpaba de algún crimen espiritual. La fe como «azar» se hizo pronto más popular que seguir la clara voz de Dios en las Escrituras.

Algunos pastores comenzaron a expresar su preocupación en reuniones de la junta. Si bien estábamos intranquilos, acordamos nerviosamente que los dones espirituales no siempre operan en los seres humanos de manera perfecta. Pensamos que podríamos resolver el problema aplicando una de las filosofías más atractivas del movimiento: «No hay que podar el arbusto hasta que haya tenido oportunidad de crecer», lo que significa: «Esperemos y veamos que sale de esto». Pusimos de lado nuestras tijeras de podar y los profetas continuaron obrando con impunidad.

Después de sólo un par de años, los profetas parecían estar hablando a casi toda la congregación sobre casi cualquier cosa. Cientos de miembros de la Viña recibieron el «don» de profecía y comenzaron a ponerlo en práctica, tanto entre los líderes como con los feligreses. La gente comenzó a llevar pequeños anotadores repletos de predicciones que les habían dado los profetas y videntes. Acudían en masa a las conferencias sobre profecía que comenzaron a surgir por todas partes. Este grupo se movía con la esperanza de ser escogido para recibir más profecías que agregar a sus diarios.

Aquellos en quienes se identificaban ministerios de sanidad daban cursos sobre fórmulas y métodos para hacer oraciones de sanidad, tales como encontrar «puntos álgidos» en el cuerpo. La interpretación del significado de las sensaciones físicas o «sacudidas» en las personas por quienes se oraba se convirtió en una parte necesaria del «entrenamiento» para la sanidad.

Los sueños y sus interpretaciones pronto pasaron a ocupar el primer plano, a medida que las conferencias sobre profecía alentaban a sus devotos a tener lápiz y papel en sus mesas de noche para apuntar cada sueño cuando éste ocurría, interpretarlo y encontrar el mensaje de Dios que contenía. La gente vivía al borde de sus asientos, esperando el cumplimiento de las promesas grandiosas de las profecías. La mayoría esperó en vano.

No mucho tiempo después de que la «profecía del día» se convirtiera en la fuente principal de dirección, una larga hilera de creyentes devastados comenzó a formarse afuera de nuestras oficinas de aconsejamiento pastoral. Los jóvenes a quienes se les había prometido el éxito y el estrellato estaban recogiendo los pedazos de sus esperanzas rotas, porque Dios aparentemente había cambiado de opinión. Los líderes eran acosados por miembros furiosos que habían recibido profecías acerca de los grandes ministerios que podrían tener, pero que habían sido frustrados por los líderes de la iglesia local, quienes no reconocían sus «nuevas unciones».

Después de una dieta constante de profecías, la gente se estaba transformando rápidamente en analfabetos bíblicos, escogiendo un estilo de vida cristiana dependiente en lugar de estudiar la Palabra de Dios. Muchos vivían de una «solución» profética a la siguiente, siempre en peligro de perder la esperanza porque la voz de Dios era muy específica en su pronunciamiento pero elusiva en su cumplimiento. Tener el número de teléfono de un profeta era como tener una mina de guía preciosa. Los anotadores reemplazaron a las Biblias como material de lectura preferido durante los servicios de la iglesia.

Algunos comenzaron a imitar los síntomas de temblores y palpitaciones, que les habían dicho eran las señales de que el Espíritu Santo se posaba sobre ellos. Esperaban que el equipo ministerial las reconocería y correría a su lado, elevando las manos y orando: «¡Más, Señor!» Temblores, risa, llanto y movimientos de los ojos aseguraban que el feligrés atraería la atención inmediata de los líderes y de sus semejantes.

Un conferencista, al dirigirse a 8.000 personas, desalentó el uso de libros de referencia, comentarios y herramientas lingüísticas para la preparación de los sermones. En vez de ello, exhortó a los pastores a determinar sus mensajes dominicales escuchando las profecías durante largas caminatas con el Señor. Algo estaba tornándose peligrosamente malo en el movimiento.

Uno de los miembros de la junta de mi propia iglesia se negó a tomar cualquier decisión hasta que sus manos se «calentaran», indicando que su elección era sabia. Definitivamente, síntomas perturbadores estaban comenzando a manifestarse en mi propia congregación.

En mi jurisdicción denominacional las iglesias comenzaron a reducirse, debido a que el evangelismo había sido reemplazado por el misticismo. La gente comenzó a quejarse de que la concurrencia a la iglesia caía en forma significativa durante los períodos de las fiestas, debido a que los feligreses se sentían avergonzados de traer a sus familiares a visitar un ambiente tan extraño. Algo malo le estaba sucediendo a la congregación que habíamos plantado quince años atrás y comenzaba a darme cuenta de que era mi culpa. El «arbusto» estaba obviamente creciendo en forma incontrolada. Había alcanzado el punto más bajo en mi ministerio y estaba frente a frente con el fracaso.

Uno de mis primeros mentores pastorales me había enseñado: «Cuando no estés seguro de lo que Dios está diciendo, vuelve a lo que Dios ya ha dicho». La Biblia. ¡Qué concepto! Me había cansado de estudiar avivamientos del pasado, movimientos e historias de la iglesia, tratando vanamente de encontrar justificación para lo que estaba sucediendo en mi propia congregación. Parecía que, como pastor, había renunciado a lo que sabía con seguridad a cambio de lo que nunca podría saber con seguridad. Era tiempo de buscar la Palabra y volver a lo básico.

Después de años de capacitación pastoral, enseñanza y predicación, sabía que los cambios extraños que se habían producido en el seno de nuestra iglesia necesitaban evaluación y corrección bíblica si nuestro rebaño iba a sobrevivir. Se suponía que yo era el pastor, pero me había convertido en seguidor. Mi pasto corría el peligro de convertirse en desierto.

La mayoría de los pastores que conozco tienen ataques de inseguridad o de ansiedad al predicar, y períodos en que se sienten inseguros de que hayan tomado las decisiones correctas en el ministerio. Aun cuando la mayoría piensa que estos ataques de inseguridad emocional son poco comunes, ocurren cada semana del año, entre domingos. Sin embargo, uno de los mayores temores de un pastor debería ser la falta de diligencia en mantener a los lobos fuera del rebaño. La puerta de entrada más eficaz para cualquier enseñanza «nueva» es el pastor.

Recuerdo bien la primera vez que me hice a un lado y permití que ingresaran enseñanzas falsas a mi iglesia. Se me informó que habíamos «apagado al Espíritu Santo por mucho tiempo» y que ahora «era tiempo de devolver la iglesia al Espíritu Santo». Se me dijo que la penitencia por el delito eclesiástico de «apagar al Espíritu» era incluir un tiempo de «todo vale» durante cada reunión. Se debía poner de lado el orden e invitar al caos con oraciones tales como «¡Ven, Espíritu Santo!» Esta orden a la Deidad era típicamente seguida por un largo período de espera para ver qué haría el Espíritu Santo. Una creciente sensación de anticipación aumentaba, mientras esperábamos que aparecieran las «manifestaciones». Si había algo de ansiedad, ésta se disipaba mediante una aplicación libre de Mateo 7:9-11: «¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?»

Todo esto pareció muy reconfortante en su momento, pero siempre me pregunté cuán lejos se extendía el mágico «escudo contra Satán»: ¿tenía un perímetro de 100 metros? ¿medio metro? ¿había un tiempo límite, tal como la medianoche, por ejemplo, antes de que los mensajeros de Satanás pudieran nuevamente retomar sus ataques regulares? ¿por cuánto tiempo la «criptonita» de pan y pescado excluiría la duplicación psíquica de la «voz» de Dios?

Algunos de nosotros éramos candidatos para este tipo de manipulación. Mis sentimientos de culpa eran evocados por sugerencias de que había ejercido demasiado liderazgo y control en la iglesia. Todos los demás líderes confesaron sus pecados de control y se desligaron de él, por lo que yo también lo hice.

A pesar del hecho de que las Escrituras no defienden en ninguna parte esta mala interpretación del capítulo siete de Mateo, y en realidad manda poner orden en la iglesia (1 Co. 14:17-19), el caos reinó en la mía porque llegué a creer que necesitaba ceder mi derecho para mantener el orden. Casi dejé de lado mi compromiso de presentar un mensaje claro del evangelio a los no creyentes que visitaban la iglesia y, en cambio, permití que reinara la subjetividad sobre el razonamiento de las Escrituras. Necesitaba arrepentirme y convertirme nuevamente en un verdadero pastor.

Mientras mi esposa y yo nos preparábamos para concurrir a lo que sería nuestra última reunión de directores de la junta de nuestra denominación, practicamos lo que diríamos: cómo necesitábamos eliminar el remolino de subjetividad que había ingresado en nuestra iglesia, volver a los principios básicos del evangelismo y discipulado cristiano, y restaurar el estudio bíblico en las vidas cotidianas de nuestros miembros.

No queríamos causar problemas. Habíamos entablado amistades profundas con estas personas, las amábamos y las considerábamos una parte importante de nuestras vidas, pero no podíamos seguir permaneciendo silenciosos en cuanto a la verdad.

Durante la serie de reuniones, surgieron diversas preocupaciones de liderazgo sobre el efecto que las influencias «proféticas» tenían sobre el centro de nuestra teología. Algunos de los líderes que se atrevieron a revelar sus dudas fueron rápidamente amonestados por el «profeta». Aquel, «cuyas palabras nunca caen en tierra», había escuchado nuestras conversaciones en forma sobrenatural y nos reportaría al líder nacional para que tomara acción disciplinaria. Puesto que «nuestro hermano mayor» nos estaba observando, se nos prohibió discutir estos temas con otros miembros de la junta.

Otros directores comenzaron a compartir «palabras» que Dios les había hablado en cuanto a la dirección de nuestro movimiento. Un director afirmó que Dios le había dicho que la iglesia pura era la iglesia celular y que debíamos abandonar por completo la enseñanza pública de la Biblia y el evangelismo, y dedicarnos a reuniones de grupos pequeños. Algunos presentaron la postura de que el verdadero evangelismo tiene lugar con «señales y maravillas», donde la gente es atraída al reino de Dios mediante «demostraciones» de poder. Otros menospreciaron la idea de cruzadas evangelísticas. Varios apoyaron el ministerio de los profetas; otros presentaron evidencia relacionada con los engaños y las manipulaciones usadas a menudo por éstos en sus reuniones.

Finalmente, después de una semana de debates a veces acalorados, oración y reuniones, todo se resumió con el sueño que alguien compartió la última noche. El sueño, que se relató como si proviniera de Dios mismo, nos instaba a no hacer nada, no tomar ninguna decisión, sino «esperar y ver».

Regresé frustrado a mi propia iglesia. Acababa de ser testigo de cómo amigos íntimos, colaboradores en Cristo, líderes cristianos legítimos, habían sido «arrastrados por todo viento de doctrina». Nuestro ministerio corporativo pareció una prueba de laboratorio que había salido mal. La adopción de la subjetividad como fuente principal de guía nos había reducido a una ineptitud total como pastores y líderes. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué estos hombres y mujeres cristianos «oían» tantos mensajes contradictorios de parte de Dios?

Supe que era el momento de comenzar el proceso de llevar a lo básico a la iglesia que Dios me había dado para pastorear. En ese instante, la verdad se tornó más importante que las relaciones.

Mi esposa y yo hablamos con el resto de nuestra congregación. Sabíamos que si ellos se comprometían a volver a los principios básicos de la práctica cristiana, la Palabra de Dios garantizaba que el Señor obraría con más poder y en forma más legítima que nunca antes en nuestras vidas. La congregación estuvo de acuerdo.

Volví a enseñar la Biblia de la manera más básica que pude, versículo por versículo. Cuando anuncié que íbamos a estudiar el evangelio de Juan durante la mayor parte del año, la respuesta de algunos fue: «¿Por qué el libro de Juan? Lo leí cuando recién me convertí». Otros se horrorizaron de que desalentara los temblores y las sacudidas «en el Espíritu». Lo que había sido una iglesia de 4.400 miembros se redujo, a medida que las personas se alejaban para unirse al movimiento de la «risa santa». El correo negativo que recibí creció en grandes proporciones. Hasta el líder del movimiento me denunció públicamente, prediciendo que Dios me mataría por mi «pecado».

Dios fue fiel a su palabra en medio de la tormenta que nuestra congregación soportó durante lo que luego llamamos «el año de las calumnias». En unos pocos meses, varios cientos de personas alcanzaron un conocimiento salvador de Cristo. Los bautismos aumentaron, simplemente porque había nuevos conversos. Las vidas de las personas fueron cambiando en forma radical y la iglesia se tornó saludable nuevamente. La concurrencia aumentó casi del día a la noche. En el curso de un año, agregamos un tercer culto a nuestro programa dominical. Actualmente, nuestra congregación supera los 6.000 y nuestras luchas son con cuestiones ordinarias y normales de la vida cristiana. Todo esto gracias a que volvimos a los principios básicos. Es realmente así de simple (ver He. 4:12, 13; 2 R. 22:8-13; Jr. 15:16).

En los días del apóstol Pablo, los falsos profetas, herejes y legalistas que se resistían a su ministerio necesitaron poner considerable esfuerzo para inyectar el opio de las falsas doctrinas en la iglesia. Viajes largos a caballo o a pie, el calor, el polvo, meses lejos del hogar, métodos dolorosamente lentos de copiar documentos, todo contribuyó a dificultar la diseminación de doctrinas falsas.

No es así hoy: las maravillas del mundo moderno hacen que la diseminación de doctrinas falsas sea engañosamente completa y rápida. La urgencia de la corrección bíblica nunca ha sido más apremiante que ahora. En 1517, un gran contingente de la iglesia cayó en el engaño de un monje carnal llamado Johann Tetzel, quien persuadió a los creyentes a comprar indulgencias para garantizar el escape del purgatorio. Martín Lutero clavó furioso sus noventa y cinco tesis de disputa sobre la puerta de Wittenberg, desafiando la venta de la salvación mediante la explotación de las inseguridades espirituales y el analfabetismo de la gente. Tal vez hayamos vuelto a tal edad oscura con la sublevación de un avivamiento falso.

Yo lo sé, he pasado por ello y he salido a la luz, gracias a Dios.

Sólo en la medida en que la iglesia experimente la reforma verdadera vivirá un avivamiento verdadero.

*Tom Stipe es pastor de la Iglesia Crossroads de Denver, Colorado. Este artículo fue tomado del prefacio del libro Counterfeit Revival de Hank Hanegraaff.

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