Pr. Manuel Gamboa
Pr. Manuel Gamboa

Yo, el Señor, no cambio. Por eso ustedes, descendientes de Jacob, no han sido exterminados. Desde la época de sus antepasados se han apartado de mis preceptos y no los han guardado. Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes —dice el Señor Todopoderoso—.

Pero ustedes replican: “¿En qué sentido tenemos que volvernos?” ¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: “¿En qué te robamos?” En los diezmos y en las ofrendas. 9 Ustedes —la nación entera— están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando. Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto —dice el Señor Todopoderoso—, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde. Exterminaré a la langosta, para que no arruine sus cultivos y las vides en los campos no pierdan su fruto —dice el Señor Todopoderoso—. Entonces todas las naciones los llamarán a ustedes dichosos, porque ustedes tendrán una nación encantadora —dice el Señor Todopoderoso—. (Malaquías 3:6-12)

En la Biblia no tenemos pistas de que alguna vez el tema del diezmo haya sido tema de discusión; sin embargo, muchos incumplían con esta práctica o sencillamente daban como diezmo cualquier cosa, sin fijarse en su calidad. Esto ofendía a Dios. Es interesante que en este punto Dios haya hecho una afirmación de su inmutabilidad: “Porque yo Jehová no cambio” (3:6) y trate de “hijos de Jacob” a su pueblo.

Dios no cambia en su fidelidad al pacto que ha establecido con su pueblo (Lm. 3:22-23). Dios no cambia en su propósito que se ha fijado para con su pueblo (Sal. 33:11-12). Dios no cambia en su carácter que ha revelado a su pueblo (Mal.3:6; Stg. 1:17). En cambio, no pasa así con su pueblo, que en un momento es fiel pero en otro, infiel; en un momento piensa una cosa y en otro, otra cosa; en un momento manifiesta un carácter y en otros se manifiesta distinto. En este contexto la expresión “hijos de Jacob” es como un insulto; significa “tramposos”, “estafadores”, “aprovechados”, “farsantes”, “chantajistas” y todo lo demás en este sentido.

Dios es Dios y nosotros confiamos en él por su carácter; si Dios fuera un ser cambiante, seguro que no confiaríamos en él; tanto sus palabras como sus acciones revelan la firmeza de su carácter; pero qué contraste con el carácter nuestro. Israel tiene una historia firme, pero de desobediencia a Dios y al pacto que alguna vez se comprometió cumplir. La historia parece ser un juego: El pueblo le da la espalda a Dios, desobedece, se aparta de Dios; Dios les da la espalda y esconde su rostro de ellos.(¿Consecuencias?). Luego Dios en su misericordia envía siervos para llamar al pueblo a que se vuelva hacia él, el pueblo se vuelve, Dios se vuelve al pueblo, Dios ilumina su rostro delante de su pueblo y le bendice.

¿Cuántas veces y con cuantos de nosotros se repite esta historia?

Pero no faltan los que se preguntan: ¿En qué hemos de volvernos? (3:7c). Sorpréndase con la respuesta de Dios; porque este “volverse” aquí no es el arrepentimiento inicial, como cuando llegamos a la fe. ¿En qué consiste ese “volvernos”? Dios responde de inmediato con una pregunta retórica y dándole su respuesta; es una acusación directa: “Vosotros me habéis robado”; es decir, ustedes son los perfectos “hijos de Jacob” con todas sus connotaciones. Pero también habrá alguien que con descaro le diga a Dios: – Señor, pero si nosotros somos personas honorables, honradas, honestas, incorruptas, cumplidoras de nuestra palabra; ¿Cómo dices tú que te hemos robado y en qué? (3:8).
¿Cuántos con nuestra actitud hemos tratado a Dios alguna vez como si él fuera un “hijo de Jacob”? No sé por qué tengo la impresión de que Israel estaba tratando así a Dios; o sea, se la estaba devolviendo; si es así ¡Uy! ¿Será que nosotros también? ¿Será que por nuestra actitud también podemos hacernos acreedores de una doble maldición como esta? (3:9). Y lo peor, ¿que estemos llevando a otros a hacia lo mismo?

Dios no nos pide hacer algo sin antes instruirnos e indicarnos el propósito de esas acciones; es posible que lo entendamos en el momento o quizás mucho después, como le pasó a los discípulos después de la resurrección de Jesús. Dios tiene pensamientos de bien para su pueblo (Jer. 29:11); Dios quiere abrir las ventanas de los cielos y derramar bendiciones hasta que sobreabunde en nosotros; y como Dios siempre va más allá de nuestras expectativas, no solo quiere hacer productivo nuestro campo y reprender al devorador, sino que también quiere que tengamos las bienaventuranzas (o felicitaciones) de todas las naciones.

Es una lástima que hoy, aquellos “hijos de Jacob” que están entre nosotros, quieran aprovecharse de la fe sencilla de mucha gente para sacar provecho propio con el diezmo, ofrendas y otras dádivas. Lo que necesitamos es determinar y tener claro a qué ministerio o persona bendecir, poner controles y ver cómo somos bendecidos en algún sentido cada uno de nosotros. Dios no se queda con lo que le damos. Si bien este mensaje fue dado a la nación de Israel a su regreso del cautiverio, está probado, demostrado y comprobado que la práctica del “diezmo bíblico” funciona en todo tiempo y con toda persona. Por unos pocos “hijos de Jacob” que hayan entre nosotros, no vamos a perder la bendición de Dios sobre nuestras vidas, sobre nuestras familias y sobre todo lo que hacemos. Así como nuestras dádivas a Dios reflejan nuestra grado consagración con Dios y su iglesia, así también refleja el nivel en el que queremos ser bendecidos.

Feliz día y cielos abiertos para todos, según sea nuestra actitud hacia Dios. No pase por alto leer el texto bíblico

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